lunes, 9 de febrero de 2015

CUANDO EL DIABLO NO TIENE NADA QUE HACER

LAS COSAS DE MI AMIGO MANUÉ

Chascarrillos

V


Manué, no me líes otra vez  con esas historias tuyas para no dormir joder, que tengo todavía que hacer un montón de cosas y fíjate tú la hora que es. ¿Si llego a saber que estás aquí  tomando el sol a la recacha como los lagartos, no bajo a comprar el pan? Aunque me hubiera tenido que comer los garbanzos con rebanadas de bimbo, que eso si que sabe mal.

¡Cucha picha¡ párate un rato aquí conmigo joé, que tienes siempre má prisa que mi Lola con cagaleras.

¿Tú ta’cuerdas da’quel gachó que vivía al lao de la parada del autobú? En er 48 creo que es.

¿Aquél que tenía una coleta de caballo?

¡Si, er mesmo¡ aque’r tío que parecía un funcionario de ventanilla, más serio que’r que se la lió a Manolete. Pos fíjate tú, picha ¡casualidades de la vía¡ el otro día me’nteré ¡y es de güena fuente, eh¡ que ya sabes tú que mi servicio de información es de primera división como mi Cái.

Pero que cojones dices Manué, si tu Cái está en segunda división B, que hace ya una pila de años que no se le ve el plumero por el Santiago Bernabéu.

¡Calla picha¡ no me lo recuerdes, que hasta se me quitan las ganas de trabajá.

¿Trabajar tú Manué? Pero si tu estas jubilado desde los treinta so mamón, que cada vez que pienso en el dineral que me quitan a mi del -i erre pe efe- ese todos los meses, para pagarle a los cuatro rajamantas como tú, me dan ganas de coger el lanzallamas y chamuscarle los bigotes a todos los tíos esos de la Hacienda Pública.

Güeno picha no te pongas así joé, y déjame que te cuente. Que no te callas ni debajo l’agua, y luego dices tú que soy yo er que no te deja hablá.
Pos resurta que’r jueves pasao se encontró con un amigo que hacía ya una jartá que no se veían, y hablando de sus cosillas se entera que su amigo s’abía separao hacía tres meses, pero que no se le veía por ello mucha pesadumbre que digamos, al contrario, que como que estaba hasta mejó y tó fíjate tú y le preguntó que ¿si esa mejoría de ánimo se debía a la muñeca hinchable? Y le contestó su amigo que las muñecas esas estaban ya pasá de móa, que lo que se llevaban ahora eran los cocodrilos del Nilo.

¡Vete a hacer puñetas Manué¡ Siempre con tus tonterías haciéndome perder el tiempo.

Que no picha, eso mesmo le dijo er tío de la coleta, que no se lo creía. Entonces el otro se lo llevó a su casa, pa hacerle una demostración in situ del arte que tenían esos cocodrilos.

Manué, a ti te cuentan un chiste en el bar de los jubiletas, lo arrebujas, y luego me lo sueltas a mí como si fuera un acontecimiento real. ¡Con la prisa que tengo yo¡

Cucha, deja que t’acabe de contá joé. Pos resurta que una vé que estaban en er salón, er tío se bajó los pantalones y los gayumbos. Dá un sirbío (como si estuviera llamando a un perro) y sale de l’habitación un cocodrilo de cinco metros con  la boca abierta, le cogió er ciruelo y le hizo una marsellesa ¡que pa qué te cuento!. Cuando ya acabó, agarró un zapato y le endiñó ar cocodrilo dos o tres zapatazos en lo arto la cabeza, y er bicho lo sortó, se fue pa l’habitación y se metió debajo de la cama.
Er coleta se quedó traspuesto.! Si no lo veo, no lo creo, le dijo¡
Entonces el amigo le dijo, ¿quieres probá tú?
Y dice er coleta… ¡Bueno¡ ¡Pero cuando acabes, a mi no me dé tan fuerte con er zapato que hoy me’levantao con jaqueca!

¡Me cago en tó tus muelas Manué, siempre me tomas el pelo con tus pamplinas¡


C. Abril C.

                                                                                                                                

domingo, 1 de febrero de 2015

EL MENTIDERO

LAS COSAS DE MI AMIGO MANUÉ

Chascarrillos

IV    


!Anda quillo, invítame a una rubia¡ que te gastas menos que el Juez Bermúdez en peluquería so joio.

Manué, tu siempre con tus tonterías por delante, pero sableando a todo el que te saluda.
¿Porqué no me cuentas algo con sustancia? por ejemplo, de tu niñez, que de ahí seguro que saco yo material para escribir en mi blog, para por lo menos un año.

Si picha, pero con una rubia no tengo yo ni para aclararme las ideas, que tu sabes que yo urtimamente, entre unas cosas y otras, tengo la pelota como pa que la dejen tranquila en er banderín der corne.

!Venga Manué, menudo repertorio tienes tú, si el Eduardo Punset ese, a tu lado es un maletilla. Pues anda que no tienes tu que contar mentiras todavía aquí en casa de Paco, que por cierto Manué, me he enterado que le quiere cambiar el nombre.
El mentidero le va a poner en honor tuyo !fíjate tu¡

!No tienes guasa tu ni ná, picha¡
!Siéntate y escucha¡ con esas orejas que tienes, que parecen dos medias castañuela.

Cuando yo nací, mi padre estaba jugando a las cartas en el ba de Rogelio. Mi agüela, que tamién de ve en cuando se echaba unas partías ar subastao y aprovechaba pa pimplarse do o tre copazos de aní, sabía de sobra ande estaba su hijo (mi padre) y se jué pa'lli corriendo pa decierle que había tenío un varón.

Mi padre entonces, de la alegría que le dio, se jué de juerga con los amiguetes y no vorvió por casa hasta er día de mi bautizo, tres mese despué.

Cuando me vio, dice mi madre que dijo, joé con er zagá, tiene ma pelos ya, que cuando yo me juí a la mili.

Eso si, mi bautizo según me contó mi madrina Dorotea, fue por to lo arto.
Aunque dice que al principio hubo un pequeño rifirrafe entre mi padre y er cura.
Mi padre quería que me bautizaran con agua de "carabaña" aguardiente pa que tú me'ntienda, y er cura, Don migué, que ni se le ocurriera vaciá  en la pila bautismá la botella que traía en la mano, porque si lo hacía, avisaría a lo municipale y desalojarian la iglesia.
¿Pero qué se habrán creído este atajo de infieles?
¿A saber qué contiene la botella esa?
-Dicen que farfullaba Don Migué-

Picha, yo pa'mi que Don Migué, el orfato lo tenía joio, porque no olé el aguardiente que vendía Rogelio, es como pasá por la puerta de la pescadería de Rosita y que no te dé er tufo a bacalao.

Lo que te iba contando quillo, que ar finá, entre mi tío Nicasio, Manolito el verdolaga (amigo de la familia) y mi padrino Vicente (al que le llamaban piquito de oro porque er probe cada vé que abría la boca, pa'ntenderlo había que consurtá a un logopeda) consiguieron apaciguá los ánimos exartaos de mi padre y accedió entonces a que Don Migué me mojara er cogote con el agua bendita.

Menuo espectáculo tubieron que montá er día de mi bautizo tó los figura aquéllo, fíjate tú cómo sería, que desde entonce, a mi tor mundo me conoce como -Machaquito-
Ves picha, y aluego tú te pregunta que ¿de donde me viene a mi esta afición por las rubias?

!Paco, pon otra mientra le doy er visto güeno a los cuatro garabato que ha escrito er picha este y que te la pague!

C. Abril C.




sábado, 31 de enero de 2015

LA PRÓSTATA

LAS COSAS DE MI AMIGO MANUÉ

Chascarrillos

III


¡Manué, qué mala cara tiene hoy joé!, parece como si anoche te hubieras zampao dos bandejas de ensaladilla rusa con salmonelosis. 
¡Calla picha! que he estao esta mañana en er méico y he salio de allí ma acojonao que Curro Romero de la Maestranza de Sevilla en una corría de Miuras…
¿Y eso quillo?
Anda picha, siéntate y escucha lo que te voy a decí. 
Pos resulta que llevo ya pa dos meses, que me pongo a meá y eso parece el caño de la fuente de Cantarrana en el me de agosto, cada tres segundos una gota, y así no hay manera oiga, que`sque me tiro con er pájaro en la mano media hora pa podé echá las cervecitas der medio día. 
¡Y ya uno, hasta se aburre joé!. 
Se lo conté a mi Lola, entre otras cosas porque estaba ya má mosqueá que un pavo cuando escucha tocá una pandereta. Cada do por tré me preguntaba lo mesmo
¿Qué coño hace en el baño tanto rato Manué? 
¡Ni que estuvieras escribiendo un poema con el muñeco!
Tienes que ir al urólogo pichita ¡que seguro que es de la próstata! 
¿La qué? 
!La próstata¡
¿Y eso que es lo que es, Lola?
Desde luego Manué, lo tuyo son: las cervecitas en el bar, y mirarle el de sentarse a todas las mujeres que pasan delante de él. 
¡Vaya tela el pedazo de intelectual que tengo yo por marío! 
Anda, vete al consultorio y pídele al médico cita para el urólogo, que a este paso vamos a tener que avisar a tu hermano Rafaé, el paleta, y que haga otro cuarto de baño para el resto de los que vivimos en esta casa.
¿Y qué ta dicho el urólogo Manué?
¡Que tengo la protesta como un melón merendaero!
-y que seguramente me tiene que operá-
-y que jacé las relaciones, pos que ya no será como antes-
¿y yo que sé picha, qué cantidá de cosas más m`a dicho er tio ese?.
Me tuvo tirao en una camilla delante de un ordenadó por lo meno tres cuarto de hora, me preguntó una jartá de cosas, hasta que llegó al tema de la bebía y le sorté de un tirón que yo bebía de tó meno agua y trinaranju, que`sque a mi la bebía sin gá y sin arcó no me sentaban mu bien que digamos. 
Entonces er tío se me quedó mu serio mirándome y me dijo… 
Pues mira hombre ya que estamos aquí, le miraré también el hígado ¿a ver que tal?
¡Tiene usted el hígado como un chaval de dieciséis años!
¡Coño Manué!,  ¿eso es bueno, no?
¿Bueno picha?
¿Tú sabe lo que beben hoy día los zagales de 16 años?

!Si están ma tiempo en la botellona que en er instituto¡
¡Beben má arcó, que un burro agua!
Sin ir má lejo picha… er mé pasao, se mató uno aquí en el barrio, en un asidente de moto, lo insineraron, y despué de dos horas, los operarios del crematorio municipá tuvieron que llamá a los bomberos, porque no había cojone de que'r niño s`apagara.

C. Abril C.

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miércoles, 28 de enero de 2015

LA MEDIO RUBIA

LAS COSAS DE MI AMIGO MANUÉ

Chascarrillos

II

Mi amigo Manué siempre fue muy engreido, y con respecto a las artes de la seducción, más aún. Siempre anda jactándose de llevarse al tálamo a las mejores hembras de la ciudad y su periferia. Claro que también es una jartá de roñoso, más por necesidad que por vicio, porque el hombre también pertenece al igual que yo, a la cofradía del “Santo Tieso”.

El otro día, de vuelta del trabajo, cuando ya me disponía a subir para casa, me lo encuentro en la puerta del Videoclub, salía de entregar un par de películas que había alquilado el fin de semana.
Nos saludamos y le dije...
¿Tomamos una cerveza en el bar de Paco?
¡No picha! que tengo que contarte una cosa mu seria, mu profunda y como dice er cocinero ese que sale por la tele, con mucho fundamento, y ahí, en casa Paco, hay más cotilleo que en la pescadería de Rosita!
Así que, aprovechando que mi Lola no está en casa (que sa`caba de ir a la peluquería a que le pongan las mechas de cada siete días) ¡Pa mí que a la joia se las pintan con rotuladó, porque no me explico cómo le duran tan poco tiempo! te invito yo a tomarnos unas cervecitas y der tirón te cuento la urtima conquista.

Subimos a su casa, y nada más llegar, sacó de la nevera un par de latas de 33 centilitros de esas que se compran en el Carrefour a 14 céntimos de Euros, que la importan de no sé qué coño país, a más de 3.000 kilómetros y que no hay cojones de bebérselas como no estén frías como el carámbano. Acto seguido me pregunta el gachó muy serio
¿Quieres vaso o te la bebe a morro?
Yo le iba a contestar que, a una cerveza de importación lo que mejor le sienta es una copa de cristal de Bohemia, pero me pareció una jartá chungo ironizar en aquélla circunstancias.
¡A morro tío! ¡A morro! que si no luego, Lola capaz es de hacértelos fregar…
¡Manué, está que te cagas!
Por cierto, ¿no tendrá por ahí unas almendras tostadas o unos tacos de jamón de esos para tirar? Es que a mi estas cervezas de importación sin acompañamiento me sientan mal…
Se me quedó mirando un rato sin pestañear y me soltó…
¡Pero qué mamón llegas a sé!
Encima que te hago ahorrarte unas convidá en el bá de Paco, que te meto en mi casa, que te cuento lo que a nadie (que esto mío si que es calidá y no las pelis pornos que tiene manolo en er videoclub) y vas tú y te canchondeas de mis cervezas.
¡Escucha con las orejas esas de plástico que tienes!
Ayé me llevé a la cama a una medio rubia que estaba de güena que quitaba er sentio (y te digo medio rubia, porque los únicos pelos que tenía rubios eran los de la cabeza) y no como mi Lola que pa sabé de qué coló tiene er pelo (er de la cabeza) hay que llamá al C. S. I. pa que le hagan una analítica de las de a conciencia.
¿Tú sabes tío qué piernas tenía?
 ¡Madre mía qué piernas!,
¡y qué pechos!
¡y qué culo!.

Y le pregunto…
¿Y de cara qué Manué?
Eso sí, la joia era cara de cojones… 75 Euros me costó.
¡Serás cabronazo!,
¿Y porqué en vez de gastarte ese dineral en revolcarte con la medio rubia, no te compraste unas cervecitas en condiciones? y así ahora, podrías tratar a los amigo como Dios manda!!


C. Abril C.

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lunes, 26 de enero de 2015

EXPERTO EN METEDURAS

LAS COSAS DE MI AMIGO MANUÉ


Chascarrillos

I

¡Güeno picha! te ví'a a contá lo que le sucedió a mi vecino Malospelos cuando andaba de novio con Manoli, la que ahora es su mujé.  Y es quer tio  ese tiene una facilidá enorme en meté… ¡en meté la pata!, porque lo que es en otras meteuras, anda de continuo, rememorando los tiempos aquéllos próximos al “si quiero”.
Que fíjate tú por dónde, una vé que “si quieres”, no metes ná más que la pata, y casi siempre hasta el corvejón, como dicen en mi pueblo.
Unos días antes de firmá el parte de defunción como experto en meteuras, le llamó por teléfono la madre que la parió, -porque aunque no lo creas, a ella (a la que en aquélla época era su novia) a esa, la parió una madre- y le dijo que fuera a su casa, que tenía que ultimá con él, la lista de invitaos y demá jarandazas propias del tan emotivo evento que se avecinaba.
La mu joia, ya le recibió en la puerta de entrada, con meno ropa que la que se está bañando, le zampó dos besos en los cachetes, y sin dá marcha atrá, se le quedó mirando a los ojos, y de un tirón le dijo: que él siempre le había parecio un hombre mu atractivo, que qué suerte tenía su hija, que dentro de tres días ya sería un hombre casao, y que antes de que eso ocurriera, quería darle un revolcón de esos de escándalo.
A continuación se fué pa su dormitorio, pisando el suelo como una gata en una noche de luna llena, y al llegá a la puerta se volvió y le dijo…

¡Malospelos!
¡ya sabes donde está la puerta de salida, si lo que quieres es marcharte!.

Se quedó allí tieso der tó, má tieso que`r bigote d`un Guardia Civí, durante por lo meno tres minutos, después salio corriendo escaleras pa`bajo como alma que lleva el demonio.

Cuando llegó casi sin aliento al coche, se apoyó sobre el capó y  vió al padre que la hizo, -porque aunque no te  crea picha, a ella (a la que en aquélla época era su novia) a esa la hizo un padre. 

Se acercó a él y le suerta er tío joio con cara de satisfacción: que lo que ellos querían es que su hija de sus entretelas, se casara con el hombre apropiao, que se les había ocurrio esta pequeña prueba y que por supuesto él, la había superao con matricula de honó.
Le echó el brazo por el hombro y despué le abrazó sin que pudiera reaccioná. 
Malospelos estaba má temblón que un gato recién salio de una alberca.
Ese día, fué la primera vé antes del “si quiero” que Malospelos pudo meté la pata, güeno la pata y argo má, porque si en vé de tené los condones en er coche, los llega a llevá encima... la meteura hubiera sio de órdago.

C. Abril C.

viernes, 2 de mayo de 2014

EL EMBEBÍO


El sueño lo tuvo toda la noche en tenguerengue. No tenia ni para echar la merienda. El día anterior solo se pudo llevar a la boca un puñado de bellotas avellanadas, un membrillo verriondo y unas –embozas- de agua cana, del regajo que corría al lado de donde tenía el tajo.


Cuando el Sol se asomó por encima del cerro de las piedras, estaba ya cansado de darle -cuchifarrás- a la tierra con los escoplos del arado.

Delante de el, una yunta de burros –arrengaos- y llenos de lobanillos, sorteaban los-almajanos- y hacían equilibrio sobre los terraplenes en aquella umbría, que meses atrás había desmontado de retamas, cantuesos y carrasqueras a golpes de calabozo.

Unas -chirivitas- patrullaban la tierra volteada por la vertedera buscando hormigas alúas y lombrices, una abubilla esculcaba en lo alto de una –cagajonera- y por encima de las encinas centenarias, volaban una bandada de ruidosos mojinos que se dirigían a las majadas próximas, en busca de la comida que pudiesen encontrar entre los excrementos de los guarros.

Él creía, que tenía el estomago –engüachinao-, porque el caldibache de tagarninas era el único condumio caliente que con más perseverancia engullía.
Tenía diecisiete años y parecía que estuviese de vuelta de casi todo en la vida. Se había criado en el centro de la abundancia y sin embargo se había alimentado con sus miajas y sus zurrapas.

De lo más profundo de su esencia, regurgitaba aquella imagen del –acerao- de puerto –Caraco-, lleno de haraganes y pindongos que cuando le vieron pasar con los pantalones de pana y pretinuela y los leguis embarrados se guasearon con socarronería de su extrema delgadez, de su estampa -chiquinina- y su inopia.

-¡Mirad, por ahí viene el`embebío!
-¡Chacho!, mata ar burro y comételo, que estáh trahpillao.
-¡Como no dejeh lah collejah, tú no te vah a la mili!.

Y él, refunfuñaba.

-¡Cucha er pampringao ehte!
-que ehtá mah ehcacharingao que loh cacharritoh der Coso.
-¡Fijatetú!.¿Que s`abrá pensao?.
-Él, que no ha comio máh que guijoneh y veldolagah.
-¡Poh anda que el otro!, que entavía no sabe pa qué silve la cuchara.
-¿Y er caganio ese?, que paece que tié la palomilla, con máh lagañah en loh ojoh que telarañah un bujío.

Calle abajo, llevaba en el pecho un comezón a consecuencia del caldeo que acababa de coger en el -puerto Caraco- y el corazón parecía que estaba a punto de darle un –ehtrumpio-. Pero en ese momento, en la revuelta de la calle, en frente de la tasca del–Cubino-, apareció justo delante de el, la silueta de esa chiquilla, que tenía los ojos más negros que el alpechín, el pelo arriscado y una sonrisa en la boca capaz de desarmar a las miradas más aguerridas.
Llevaba puesta una falda plisada de cuadros escoceses y una rebeca de hilo color malva le cubría la prominencia de sus pechos.
Genaro se quedó más tieso que una –cañajierro-.

El burro le dio con el hocico en la espalda, llenándole de espumarajos la cazadora de pana y haciéndole dar un paso hacia delante.
Ella tenía en la mano derecha, una vasija de hojalata, de forma de tronco de pirámide regular, con un tapón de rosca y un pequeño asa en la parte superior. Se disponía a llenarla de petróleo en casa de Pepe el de José María, para alimentar el infiernillo que tenían en su casa.

Purita, moviendo el –cuadrí-, se tuvo que dar un respingo a la esquina por no tropezar con Genaro, que estaba allí delante de ella, mirándola, con los ojos más abiertos que una coruja.
La lata se le escurrió a Purita de la mano y calló en el empedrado de la calle.
Con el ruido que hizo el cachivache por el suelo, el burro dio un espantón, se escapó y salió huyendo calle arriba con el cabestro arrastro, parándose en frente del escaparate de –Piche-.
Purita dio un soplido, apartándose los –minines- de la frente.


-¡Chacho!, ¿ehtá atontolinao o qué?.
-Si no llego a arrejacerme pa la`hquina, ahora mehmo estoy repiando por el suelo.
-¿y porque solo llevo ehta lata?.
-Si juera llevao máh cachumboh encima, jubiéramo jormao aquí una charracina que paqué.
-Poh anda que, ¿si llega a ehtá llena de pretóleo?.
-Eh mejó que me jubiese traio la chambra, y no ehtoh trapinoh de disanto.
-Porque me juera puesto pingando.


Genaro sintió que su cara estaba siendo ocupada por las llamaradas de un inmenso candelorio.
La sensación era igual que cuando meses atrás estando con los segadores en las Capellanías, le engatusaron para que se comiese con el gazpacho, una guindilla colorada del huerto de la Valeria.
En el gañote tenía, como un pellizco cogido, que no le dejaba tragar la saliva.
Las palabras las tenía entrilladas, y las ideas en el cerebro no encontraban el portillo por donde saltar.
Recogió la lata del suelo y se la ofreció a Purita.
Ella, al darse cuenta de la situación de Genaro, que estaba más temblón que un gato recién salido de una alberca y con los pindongos y mostrencos hartándose de reír en el -puerto Caraco-, le echó un capote, demostrando así que en verdad era, más aparente que un jarrillo de lata.

-Ha sio curpa mía, que iba dándole güertah ar doblao.
-¿No t`ah enterao?
-Lo de mi padre con loh talaoreh.
-¡Chacho! si eh que no s`acaban las charraná.
-Cuando te jacen una, lah demáh ya te lah tienen prepará en carrefila.
-Y ¡hala!, tó dándote sartenazoh y, echándole un poco máh de jiel a tu vía.
-Pa que tenga que jocicá y tragáltela toah.
-Aunque te añugueh.

Iba calle abajo, ensimismado, camino de la fuente, para que el burro bebiera en el pilar. Genaro, que era persona de pensamientos profundos y conversación sucinta, iba con la mente fija en la única cosa agradable que le había ocurrido aquel día, la retahíla de Purita, que le contó en un santiamén la cacicada que hicieron con su padre y que a consecuencia de ella, dejaría de echar unos cuantos jornales de tala y por consiguiente también de meter en el corral, unas cargas de leña que en aquella época del año eran de vital importancia para una casa.

- Purita le había dicho...

-¡No si, hogaño! vamoh a está máh tiempo en la recacha que drento de casa.
-Porque la chimenea en vé de criá jollín va a criá carámbano.
-Y er tentemozo y la ehtenaza van a está más frío que loh pinrele dún muerto.
-Ya me veo to el`invierno con el pretóleo p`arriba y p`abajo.
-¡Con el jedó que mete!, Que paece que está una, asomá al vacie.

Genaro llego a su casa cuando el Sol hacía un rato que se había puesto y el planeta Marte, (que en el pueblo le llamaban lucero) empezaba a colorear, mostrándose en lo alto del campanario de la iglesia.
En el zaguán, le quito al burro la jáquima y el aparejo, lo metió en la cuadra y a tientas, entró en el pajar y llenó el pesebre de paja.

-¡Chacho!
-Aquí quedarán dié o doce barcina.
-¡Que manera de tragá er cimpampano ehte!
-Le via tené que jace un`añedio a la cincha de la`parejo, porque se`htá poniendo rollizo.
-¡O apretal`le máh en er tajo!
-¡Claro que entoce! me tengo que apretá yo tamien.
-Y yo entavía la paja, no laprobao, que eh lo único que me jace farta.
-¡Menohmá! que la collera de la yunta me la presta er tio Nicasio, porque pa los do, no hay aquí condumio ni pa empezá.
-Hogaño via tené que abrí por er tejao y llená er pajá ahta la colcha.

A la luz de un candil, en el hueco de la escalera del –doblao-, se lavó la cara y las manos en una palangana de cinc, con una pastilla de jabón que parecía un adobe, estaba echa a base de recortes de tocino, grasas animales y sosa cáustica.
Una mujer del pueblo llamada Corina, ya entrada en años, viuda y menesterosa, era una excelente artesana en el oficio y las mujeres del pueblo la llamaban para que le hiciera el jabón de todo el año. Cobraba ochenta reales y la comida. A las ocho de la mañana ya estaba dándole vueltas al caldero, lo hacía hasta que todos los ingredientes se convertían en una pasta semilíquida dos o tres horas después de empezar. Luego en unos moldes hechos de tablas, vertía la pasta y la dejaba enfriar.
Cada pieza pesaba trescientos gramos aproximadamente y los chiquillos cuando estaban enteras, las tenían que coger con las dos manos para hacer uso de ellas.

Genaro, se sentó en un banquillo de corcha a la candela que había en la chimenea de la cocinilla, porque las tres sillas que había en casa, tenían ya el asiento –dehforonao- y -tresantié- las había llevado su madre a casa del -Táni-, para que le echase culo nuevo de nea y todavía no las había recompuesto.
Su madre mientras arrebujaba con el –machacaó- en el -dornillo-, la sal, los ajos, el pimiento y el –miajón- de pan le dijo:

-¡Genaro!, -¡coge er guisqui! y descuerga un corgaero de tomate der maero, que viaí preparando er gazpacho.




En unas varas de tilo, con las puntas de los pinchos cortadas, colgadas de los maderos y alfajías del techo, tenían insertados racimos de tomates de los llamados de invierno, una variante de los comunes, de tamaño pequeño, que se cortaban verdes y con el paso del tiempo adquirían una tonalidad rosa, criando una especie de telarañas semejantes a los capullos de seda.

Con ese aspecto, algunos duraban hasta después de Semana Santa sin pudrirse.


-¡Madre! ¿otra vez gazpacho?
-Hijo, los probes, la mijina de pan que nos comemo, no la comemo arremojao como los pollo.
-Si no eh, en er gazpacho, eh en er sopeao.
-Y gracias, que aunque sea un cozcurro, argo hay.
-Porque otro, ni pa jacé una pringá tienen.

Se acercó a la lacena que había en la parte derecha de la cocinilla, sacó un plato de cinc y se lo pasó a Genaro por delante de los ojos.

-¡Mira hijo! pa que aluego diga que solo come gazpacho.
-Sardina en aceite, lah`que a ti te gustan.

Nicolasa, había comprado en casa del –Vivo-, tres pesetas de sardinas en aceite. Sardinas que venían en unas latas redondas de gran tamaño. Los clientes tenían que llevar algún cacharro, normalmente un plato hondo para que el tendero se las despachara en él. Las sardinas costaban dos reales cada una y cuando comprabas más de cuatro te obsequiaba con una cucharada de aceite.
Algunas mujeres solían decir que el aceite estaba mejor que las sardinas. Pero claro, la verdad era, que las sardinas se las comían los zagales y los maridos, ellas sopeaban el aceite con algún zancajo de pan del día anterior.
Las sardinas duraban en el plato, menos que un cerillo encendido.
De vez en cuando Nicolasa compraba un kilo de barbos a su vecina Florencia. Su marido cuando no tenía jornales que echar, se dedicaba a la pesca furtiva en el río Viar, lo hacía con el trasmallo, con el –cañá- o ... echándole –barbahco- machacado en medio del –pozancón- y al rato aparecían los peces flotando panza arriba.

-¡Genaro!
-Esta tarde me`ncontrao en la plaza a Tomasín.
-¡Chacho! que lustroso que está el joio.
-¡Con lo percudio questaba aquí!.
-Entonce, tenía la mesma jeta que un guarro lambucero, empicao a las gallinaza.
-Y mialó ahora, paece un menistro con loh carrilloh repompolluoh.

Nicolasa se refería a Tomás el del –zarpullio-, que había venido de Alemania con permiso a pasar la Navidad.
No había quien lo conociera y eso que solo llevaba allí un año. Más blanco estaba que una pared, con una chaqueta de cuero del color del vino tinto, un pantalón de franela con los perniles acampanados, zapatos de piel acharolados de color negro y con -perras- en la faldriquera, que eso si que era lo que más ayudaba a que no se le conociera, porque él, siempre había estado comiéndose los mocos en el –lumbrá- de su casa, como se suele decir, a la cuarta pregunta.
No tenía entonces, ni para echarse unas –convidáh- en casa de -Perico-, que era donde se ponía el vino más barato, y que según las malas lenguas lo tenía –engüachinao-, cosa que no era de extrañar ya que, no solo en ese pueblo sino en cualquier otro, no había ningún bodeguero que antes de servirlo no lo pasara por la "pila bautismal", o sea, que esa no era la razón de su baratura.




Genaro, le echó debajo de la mesa una corteza de pan a un gato atigrado que tenían. Al mendrugo no le dio tiempo a caer en el suelo, porque llorón, que así es como le llamaban, abrió la boca y lo hizo desaparecer en un santiamén. El llorón tenía más arestín que el perro del –bobillo-, los rodales sin pelo los tenía desperdigado por todo el cuerpo y algunas mañanas se presentaba en la cocinilla dándose trompazos con todos los trastos, porque tenía los ojos –soldaos- de lagañas.



-¡Hijo!

-Yo no quiero sé sopisanguina con er mehmo tema de siempre.
-Pero, ende que murió tu padre, las cosah ya no son iguá.
-A tu hermano Rafaé, lo metí en la Sevillana de pahtó.
-A tu hermana Carnación, en cuanto cumplió loh catorce la mandé a serví a la capitá, a casa de ese méico, que icen que eh una eminencia.-
-¡Y yo!, ¡ya vehtú! pisoteando er camino de la Junta con la roilla en la cabeza, cargando con la panera, pa está tor día rehfregando trapo, por cuatro perra.
-¡Hijo!,
-Cuando llega la noche y m`acuesto en er jergón no veo máh que lavazah y pingoh en azulillo.

-¡Genaro!..
-ya sé que tu, jace máh que lo que puee.
-Que loh cuatro cacho que tenemoh, loh tieneh rehplandecioh, que la senara la saca pa` lante y que no te quea engurruñao, a la hora de echá cuatro jornaleh, zachando, en la siega o en lah acitunah.

-Pero esto no es vida pa un zagá, que siempre ehtuvo con`esa penaera a cuehta, con`esa canunjía de sé como eh.
-¡Churrumio de cohtrución y argo embebío!.
-Pero, con un corazón, que si juera la cuba der pozo no cabría por el brocá...


C. Abril C.

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viernes, 24 de mayo de 2013

SOLO ME QUEDA SU RECUERDO




En la fuente, el invierno tapizaba los ladrillos de los pilones con tonos parduscos y verdinosos, en dónde las bestias y el ganado saciaban su sed antes de partir al campo a realizar sus tareas de labranzas y pastoreo, o bien antes de recogerse en las cuadras y tinadas para no pasar al sereno las gélidas noches invernales.
Con el buen tiempo los alrededores de la fuente cambiaban como de la noche al día. Las hembras de rostros adustos parloteaban haciendo aspavientos con las manos libres. Las otras, abrazaban el talle de los cántaros sudosos que descansaban sobre sus cuadriles.

Una caterva de muchachos invadía la ribera derecha del barranco desde el primer puente hasta el vacie. Andaban cazando ranas, que escondidas entre los mastrantos no dejaban de croar hasta que sentían cercana la presencia de los niños. También intentaban coger libélulas cuando estas descansaban sobre los bayuncos, pero esto era harto difícil, ya que se posaban en las brancas más cercanas al agua y algún que otro niño, remojó su raído vestuario alguna vez a consecuencia de su osadía.

Otros, oteaban por encima de la pared del huerto de la fuente, por ver si el Sr. José andaba por ahí afanado en algún menester, y si no lo veían, los más intrépidos saltaban la pared y deshojaban las ramas bajeras del viejo moral que crecía en el rincón del huerto, luego vendían las hojas a los más medrosos (a dos reales, veinte hojas). Estas hojas servían para alimentar a los gusanos de seda que en aquélla época casi todos los niños criaban en unas cajas de cartón (de los zapatos “Gorila”)


Calahorro, el guardia municipal con su traje gris, su gorra de plato y su porra, se asomaba de cuando en cuando por la fuente y todos los niños que andaban metidos en los pilares chapoteando en el agua, al verlo aparecer saltaban de ellos sin necesidad de que se lo ordenase, dejando tras de si sobre el suelo polvoriento, un reguero de agua vomitada por las chanclas de gomas e imitando el sonido de las ranas que en frente seguían croando.


En el Coso, los niños jugaban a regatear con una pelota desinflada y las niñas al corro de la patata mientras llegaba la hora de entrar a la escuela. Los pantalones cortos de pana, los jerséis de lana gorda hechos en casa, las rebecas de hilo y las faldas de tablillas plisadas eran los atavíos más comunes en aquél Coso. Los niños con el cabello muy corto y la mayoría de las niñas con unas trenzas pulcramente confeccionadas y unos cintillos o diademas de lana, que se encargaban de que los flequillos dejasen las frentes despejadas.

Cuando llegaba la hora de entrar a clase, algún profesor, casi siempre Doña Satu o Don Luis, hacían sonar las palmas de sus manos y como si de hormigas se tratara, todos los niños y niñas acudían prestos y en hilera, cada cual a la puerta de su clase. Los mayores con la enciclopedia Álvarez bajo el brazo y los cuadernillos con las tapas azules o verdes y la tabla de multiplicar en la contraportada, algunos, los más “pudientes” incluso llevaban bolígrafos con las caperuzas de diferente color (bic), los menos pudientes, que eran los más, lápiz de mina y una maquinilla de sacar puntas con la cuchilla oxidada, y que en vez de hacer su cometido (sacar punta) lo arruinaba, puesto que si te empeñabas en hacerlo… te quedabas sin lápiz. Los más pequeños agarraban el Catón y una pizarra enmarcada en madera de chopo con un pizarrín atado a uno de sus laterales, también llevaban una taza de hojalata, porque en la hora del recreo, las maestras repartían la leche en polvo (americana) que antes habían diluido con abundante agua.


En la huerta de Catano, cuando el sol se disponía a buscar el horizonte por los cerros de la solana, los cangilones corroídos por el orín, vomitaban el agua del pozo sobre el regajo encauzado entre adobes tostados, que la enviaba directamente a los matos de las diferentes hortalizas. El agua bullía al caer de los cangilones al compás del paso cansino del borrico, que daba vueltas y vueltas amarrado al palo de la noria y con la mirada siempre hacia delante, encauzada por las anteojeras que tenía adosadas a la jáquima.

En el camino polvoriento, al lado de la pared de piedras, los segadores que volvían después de haber estado tantas horas en el tajo, tallando a la mies por su cintura, con los rostros prietos y las entrañas secas, enganchaban los cabestros de las bestias a la pared y saltaban a la huerta por el portillo, traían consigo aquéllos barriles barrigones y  de cuello angosto para llenarlos de agua y calmar con ello un poco la quemazón que traían en sus adentros. El borrico de la noria, en cuanto se percataba de ello, dejaba su caminar miserable sin que nadie se lo ordenara, incluso se ponía a mordisquear las yerbas nuevas que crecían al lado de la senda circular que él había hecho.


En el castillo (torreón) los grajos revoloteaban por encima de la higuera que había crecido en una de sus ventanas, las pequeñas nubes pasaban en estampida por encima de él, haciendo guiñar continuamente al sol, y con ello, hacer cambiar de tonalidad sus muros de piedra y argamasa.

En ese torreón, se libraron infinidad de batallas, innumerables historias fantasiosas que derramaban ilusiones por aquéllas mentes infantiles. Fue, el gran encantador, sin lugar a duda, para muchos de aquéllos niños tristes de los años sesenta.


Esto fue parte mi niñez. Ya sólo me queda su recuerdo…





C. Abril C.

sábado, 27 de octubre de 2012

CARTA DEL DE DÍA DE DIFUNTOS




Queridos esposo e hijos, espero que a la llegada de esta os encontréis todos bien, yo quedo bien gracias a Dios.
Empezaré escribiéndoles que mis padres se han alegrado mucho de verme y me dicen que os mande un abrazo y muchos besos de parte de ellos. Mi tía Rosario, que hacía más de veinte años que no me veía, se llevó una gran sorpresa cuando se enteró de que estaba aquí. Está igual que como yo la recordaba. Aquí está con su cara ancha, redonda y sonrosada, y esa larga cabellera negra que la hace inconfundible. Hasta creo que la ropa que lleva puesta ahora es la misma que llevaba entonces, ella siempre fue muy conservadora en el vestir. Me manifestó, que me había echado mucho de menos durante este periodo de tiempo, que de todas las sobrinas era yo la que más le complacía y también que siempre me consideró la hija que ella nunca tuvo. Como sabéis mi tía Rosario se quedó soltera.

Nada más llegar aquí me encontré con Paquita, esa amiga mía de la infancia que tantas veces os he hablado de ella y que hacía un montón de tiempo que no nos veíamos. Está bastante cambiada, bueno la verdad es que las dos lo estamos porque de cómo nos imaginábamos a como somos en la actualidad hay una diferencia considerable, pero a pesar de ello, nada más vernos supimos quienes éramos. Hemos estado bastante tiempo hablando de nuestras vidas y me ha contado que se casó con un buen hombre de un pueblo de aquí cerca… que ha sido muy feliz.
Tuvo tres hijos, dos varones y una niña. Los niños están ya casados y viven en Canarias y la niña que es soltera todavía vive en Madrid. Ella estuvo viviendo en ese pueblo desde que se casó hasta poco después de morir su marido, que fue entonces cuando se vino aquí.

Hemos rememorado aquellos días de nuestra infancia en los que jugábamos en la resolana que había al lado de nuestras casas. Lo hacíamos con las muñecas de trapo confeccionadas por nuestras madres, también a las cocinitas con las cáscaras de nueces, que hacían las veces de platos, llenándolos de semillas de malvas a las que nosotras llamábamos quesitos.

He de deciros que en este lugar estamos muchos conocidos y bastantes que yo no conocía pero que, pronto se encargaron mis padres de decirme a que familia pertenecía cada uno de ellos, -ya sabéis- por los apodos, aquí todos estamos doblemente bautizados, el nombre de pila que te asignan al bautizarte y el mote que heredas de tus progenitores o el que a alguien, medio en broma o medio en serio te dice un buen día, y es por el que te recuerdan hasta el final de los tiempos.

Aquí, en estos días, están todos algo nerviosos, porque dicen que próximamente vendrán los del pueblo, esos que al igual que vosotros, están en el otro lado y que se presentarán con sus mejores galas portando ramos de flores y cirios nuevos. Hace varios días estuvieron ya algunos por aquí, adecentaron el porche de nuestras residencias y desempolvaron nuestros nombres y la fecha de nuestra llegada a este lugar.

Se nota el ambiente de ansiedad que hay entre nosotros por ver las diferentes diapositivas que transparentarán los visitadores:
Tal vez…
-una lágrima que se deslize en una mejilla acanalada por el paso de los años-
-un suspiro envuelto en celofán de mentirilla-
-unos ojos sonrojados por la pena o la añoranza-
o…
-una simple asistencia para evitar el qué dirán.-

En fin, que os voy a decir, los mismos actos de virtud o hipocresía y las mismas acciones puras o egoístas, siempre innatas en los seres humanos y que desde aquí se contemplan con una mayor nitidez.
Cada cual, a su manera, piensa en el tiempo que lo compartíamos todo, ese tiempo de la presencia en forma y lugar que es el más importante de la naturaleza y que habitualmente ignoramos. Lo ignoramos hasta que nos zambullimos en esa ineludible separación, que es cuando realmente comprendemos el valor de la materia.

Por esto, espero y deseo con toda mi alma, que atraséis lo máximo esa separación, que apuréis hasta la última gota de la existencia y que os extasiéis con ella, porque ella (la existencia) es, en ese lado y a pesar de todo, la única verdad.

Sin más, se despide de vosotros, con un profundo abrazo, la que os quiso y siempre os querrá; la que fue y siempre lo será, vuestra esposa y madre… 

Violeta CAMPO SANTO 


C. Abril C.

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miércoles, 18 de abril de 2012

EL BUHORENO



A la vera del camino, entre los bayuncos, crecían unas plantas de poleo que inundaban con su aroma la vaguada llamada -de la fuente del Matasanos-.

Una hilera de chopos blancos indicaba la dirección que tomaban las aguas fluviales en aquella zona y que irremediablemente iban a morir en el río Viar, afluente del Guadalquivir por su margen derecha.

Los cantuesos coloreaban de tonalidades violáceas las laderas de los cerros, y las retamas empezaban a insinuar su amarillez entre los chaparros, charnecas, cornicabras, lentiscos y mastuerzos, engalanados todos ellos con sus trajes primaverales.

Aquélla mañana del mes de abril, el Sol se hallaba en la vertical con la cima del cerro de las Ganchosas. Balbino Serrano, más conocido por el buhonero, iba arreando a una burra careta, de alzada considerable y cargada de cachivaches, quincallas, artículos de alimentación y lencería portuguesa.

Igual que lo venía haciendo desde hace más de cuarenta años, aquél día, Balbino se dirigía a ganarse el pan de los suyos a un lugar conocido como los Baldíos de Fuente del Arco, una dehesa de tierras comunales sin cultivar, utilizadas en común por los vecinos para pastos. Esa dehesa se encontraba ubicada en el término municipal del mentado anteriormente Fuente del Arco, y estaba densamente poblada de ganaderos. Cabreros, pastores y porqueros eran moradores de casillas circundadas todas ellas de majadas, zahúrdas, gallineros y corralones. Los inquilinos de aquellos Baldíos bajaban a los pueblos cercanos de muy tarde en tarde y siempre que el “Buhonero” se acercaba por allí, le compraban algunos artículos e incluso le hacían encargos para posteriores visitas. Le pagaban, unas veces con dinero y otras con productos naturales como huevos, conejos y gallos o bien manufacturados como el queso de cabra o los diferentes tipos de chacina y que Balbino se encargaba después de buscarle compradores en los pueblos de la comarca.



Al pasar por el camino polvoriento y sembrado de pequeñas piedras, con el tintineo que hacían los cacharros que portaba la burra, se espantaban los langostos primerizos ( langostas), saltando encima de las avenas locas y alcauciles que crecían al pie de la pared de piedra en la orilla izquierda del camino.

Tres pasos delante de la burra se cruzó una culebra de escalera serpenteando entre las piedras.

Pascuala, que así llamaba Balbino a su burra, se espantó y comenzó a correr fuera de la senda entre las chaparreras y retamas, restregando sobre ellas la tan preciada carga y a su vez instalando la congoja en el ánimo casi septuagenario de su dueño.

El Buhonero era un hombre de altura mediana y complexión delgada. De su rostro lo más destacable eran, la nariz aguileña y la negrura de sus ojos, semejantes a dos pozos de insondables expresiones. Siempre le he recordado vestido de negro y tocado con un sombrero de fieltro del mismo color, aunque con una tonalidad distinta, tal vez debida a los devastadores efectos del Sol y de la lluvia.

Pascuala, fue a pararse trescientos metros aproximadamente de donde comenzó a correr, en medio de un sembrado de avena que cubría toda la loma de la derecha del camino y se extendía hasta las inmediaciones de la línea de adelfas y tamujos que delimitaban el sendero fluvial del río Viar. Cuando Balbino llegó al lugar donde se encontraba Pascuala, esta, se comportó como si nada hubiera pasado, dándole bocados a las puntas de las avenas que empezaban a granar y sacudiéndose las moscas con el movimiento regular del rabo.


-Mia la joia gansa,

-¡Será mohtrenca! la suave ehta.

-¡Mohquita muerta! que ereh una mohquita muerta.

-Máh vieja ereh qu`un nuo y jaciendo mojigangah entavía.
-¡Ya te cortaré yo er pienso so moorra!

Una vez hubo comprobado que la mercancía no había sufrido ningún desperfecto, ya más asentado emocionalmente decidió que era la hora de reponer fuerzas. A la sombra de una encina que había en un pequeño promontorio próximo al río, se sentó, y de una alforja hecha con tela de loneta de las que se utilizan para confeccionar los costales de grano, sacó una fiambrera de aluminio y una telera de pan. De su faldriquera sacó una navaja con las cachas de madera, esa que él, siempre decía que era su compañera de fatigas por aquellos andurriales.
Con movimientos pausados, casi mecánicos, cortaba un trozo de tocino que tenía encima de un cacho de pan.

Tenía la mirada encima de los tamujos que tapizaban las riberas del río, pero en su mente se estaban proyectando otras imágenes diferentes en el tiempo y lugar.

¿Cuantas veces, se le habían encendido las mejillas, viendo las escarchas plateadas en los días más riguroso del invierno?

¿Cuántas veces, se le habían agrandado las pupilas, contemplando las floraciones de los almendros o el vuelo de los abejarucos en las tardes del estío?

¿Cuántas veces, se le había erizado el bello de su cuerpo?, sintiendo: el croar de la rana en el barranco, el arrullo de la tórtola en la encina, el jipido cototoví de la coguta (cogujada) en el garbanzal o el rebuzno del burranco (pollino) en la cerca, llamando a su madre.

Cerraba los ojos y de lo más profundo de su ser, le embriagaban los oídos: el trino de la golondrina cuando revoloteaba sobre los tejados del pueblo, el gorgoteo del agua en la fuente nueva, el tañar de las campanas del templo, el tolón de los cencerros que llevaban los rebaños o el graznido del cuervo, oteando el horizonte desde la tarama de una carrasquera.

Parpadeó tres veces, y vio el agua del río deslizándose mansamente por encima de las chinas y guijas. Entonces, súbitamente se dio cuenta de la relación que había entre aquél fluir de las aguas y su existencia.

Al igual que ellas, él, había empezado a moverse inquieto en el interior de su progenitora, después gateó por aquélla tierra parda del corralón en el que su madre le metía junto a sus hermanos para que le pudiesen dejar hacer las tareas del cortijo. Más tarde empezó a andar agarrado al lomo del mastín cuando su padre llegaba con el rebaño. Luego, una y otra vez corriendo campo a través, consiguió hacer una vereda polvorienta desde el cortijo hasta la casa de Luisa, su gran y único amor.
También se tuvo que arrastrar por aquéllas lejanas y extrañas tierras para salvar el pellejo, volver con los suyos y no ser carnaza de aquélla guerra maldita, fruto del odio que había sembrado en el interior de muchos españoles. Luego, fue caminando delante o detrás de las diferentes acémilas que llegó a poseer (la última era Pascuala) para proporcionarle el sustento a los suyos. Hasta hoy, que se encontraba deslizándose mansamente por encima de los cascajos dehforonaos (desmenuzados) que fueron saltando paulatinamente de la piedra de su vida.

Pocas veces Balbino se había mirado en un espejo. Las aguas de un regajo a la sombra de un chaparro, le habían enseñado los parbujos (palizas) que te llega a dar la vida y que se gravan en tu rostro, llegando incluso a no poder reconocerte. La última vez que no se reconoció asomado a un charco, hacía muy poco tiempo de ello y fue diferente a las anteriores, en esa ocasión, no vio ninguna sonrisa en aquél desconocido rostro, y eso, le turbo enormemente el ánimo.

C. Abril C.

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lunes, 9 de abril de 2012

RUNRÚN DE TRIPAS

Imagen de la película Pà Negre

Sobre el umbral de la puerta de su casa, Benito y Sofía hacían equilibrios para no caer a la acera de la calle, aguantaban los envites que cada cual se daba por turnos. El juego consistía en eso, el ver quien aguantaba más tiempo sobre el umbral.

Benito tenía unos zapatos confeccionados en piel de becerro con las suelas de goma, las punteras ya estaban raídas por el uso y por ser esos los únicos que calzaban sus pies. El pantalón corto de pana le llegaba dos centímetros por debajo de las rodillas y la camisa de franela sacada por fuera del pantalón, no se sabía muy bien de qué color era, a consecuencia del montón de lavadas que ya tenía en su haber. El cabello, ralo, lo tenía muy corto, cosa que unido a su color (castaño deslucido) acentuaba más aún la carencia de abundancia. Era de tez blanquecina y casi a diario unas abundantes ojeras aparecían dibujadas debajo de sus ojos. Ojos que siempre estaban abiertos en demasía, como si quisieran recoger a cada instante las imágenes que le brindaba la vida y retenerlas para si en lo más profundo de su ser.

Sofía, en su conjunto, era morena. El cabello siempre lo llevaba recogido en dos trenzas pulcramente confeccionadas y descansando siempre sobre su espalda. Era dos años menor que él, pero tenía la misma estatura que Benito o quizás le superase en algún milímetro. Cuando estaban a la par, parecían estar cortados por el mismo patrón y aunque a ella se le adivinaba de mayor volumen, la verdad era, que, el tronco de ambos carecía de grosor. La piel se amoldaba a las estructuras óseas de sus cuerpos evidenciando la poca consistencia de su fibra muscular.


Llevaba puesta una camiseta de felpa color panza de burra con las mangas largas y sobre ella una chambra plomiza con las orillas bajeras deshilachadas. Una falda de borra bajaba una cuarta de sus rodillas y sus pies se embutían en unos botines que habían sido ya usados por los tres hermanos que en edad le precedían. Su madre, siempre que tenía ocasión le recordaba que no le diese mal trato, puesto que, cuando se le quedasen pequeños, habrían de servir para los otros dos hermanos menores que ella.



-Sofía, tú ereh la mayó de lah niñah y te tieneh que jacé cargo de la casa cuando yo no puea o cuando farte, porque con el trajín que llevo tor día, no me extraña ná que en cualquier momento se me pare el reló-.
-Mujé, tieneh que ehtá pendiente de toah ehtah cosah, que yo, cuando tenía la mehma edá que tú, ya llevaba toa la faena yo sola, porque la probe de mi madre estaba delicá de salú-.


-Asin que, loh juegoh loh tube que dejá de mu chiquinina y ni me acueldo ya a qué jugaba ¡fíjate tú!-


Sofía, como su madre bien le había dicho era una niña. Una niña de ocho años que, de tarde en tarde dejaba asomar en su boca una preciosa sonrisa y al mismo tiempo sus ojos se tintaba de un brillo especial, marcando ello su singularidad.

María, andaba ya por la mitad de la década de los cuarenta y últimamente, los años se le escapaban más de prisa de lo normal. -¿Me estaré jaciendo vieja?- (se preguntaba de continuo)- y es que desde el último parto, el de su hija Luisa que llegó hacía ya cuatro años, las estaciones se le escurrían como el agua en un cesto y en un abrir y cerrar de ojos había visto cómo sus seis hijos estaban ya como se suele decir fuera del cascarón, aunque aún todavía le quedaban muchas penas que pasar, a ella y a su Manuel. Su marido lo decía muchas veces, (ehto eh un continuo sin viví, cuando no te duele el arma, ya se encalga alguien de partírtela, pa que así tengah de qué quejarte )



Más razón tenía que un Santo o al menos eso es lo que María creía, porque cuando no era la vida misma, la que te daba el sartenazo, era alguien de esos que te están todo el tiempo diciendo que te quieren un montón (pero que no especifican que clase de querer es)


-¡Benito! deja ya de jacé el ganso y vente que me tie que jacé loh mandao-

Los recados que tenía que hacer Benito eran: ir a la panadería a comprar el pan y despues decirle al señor Mariano (el abacero) que le diese a cuenta, tres cuartos de kilo de colas de bacalao, medio de azúcar y cuarto y mitad de torrefacto y qué ya lo pagaría su madre a final de mes, cuando su padre cobrase los jornales de tala que estaba echando en la dehesa el Lobatillo, propiedad de don Federico Sánchez que era el dueño de casi todo en aquél lugar. De lo único que don Federico no era propietario en aquéllos andurriales, era, de los sueños de aquél puñado de personas que allí sobrevivían.

El panadero le dio una telera de kilo y recogió del mostrador la cartulina de color azulada que le dejo Benito, era un bono para adquirir pan. El panadero canjeaba el trigo de las senaras por estos bonos o vales, (cada fanega de trigo equivalía a veinte panes de kilo) y la ganancia del panadero estaba en que por cada fanega de trigo sacaba cuarenta panes, o sea el doble.
A Benito le gustaba ir a la abacería, le resultaba agradable los olores que allí se exhalaban: aceites, vinos, vinagres, legumbres, bacalaos, arengues y toda una serie de productos encurtidos y salazones. También había garbanzos tostados y los niños de aquél lugar, siempre que disponían de alguna “perra gorda” (cosa que no era muy frecuente) se acercaban por allí para dar buena cuenta de ellas, comprando los garbanzos y comiéndolos en la plaza que justo había al costado de la abacería.

La plaza, al igual que las demás calles estaban sin pavimentar, y cuando llovía, el barro aparecía por todas partes haciendo casi imposible caminar con normalidad, a pesar de ello era las delicias de los pequeños, pero también, el sufrimiento de los mayores (sobretodo de las madres) ya que se las veían y se las deseaban para mantener el suelo de la casa limpio y eso que en el zaguán se solía colocar una estera de esparto para que se restregase el calzado al entrar. Y no digamos nada de los atuendos, ya que, además de ser escasos, estos, no estaban ya para muchos trotes. Cuando se pasaban por el lavadero, había de hacerse con sumo cuidado, porque a la mínima restregada fuerte que se hiciera, se abrirían las hilachas como si fueran rendijas en el tejido y el zurcirlo sería arduo, ya que se había hecho tantas veces que era difícil poder repetir.

Mariano, se dio cuenta de que Benito no le quitaba ojo al saco de los garbanzos tostados. Cogió un trozo de papel de estraza y haciendo un cucurucho con él, le echó un puñado en su interior y se lo dio. Benito no quiso cogerlo, le decía que no con aquéllos ojos que parecían que se iban a escapar de sus cuencos. Pero Mariano insistió y le dijo –anda ya chiquillo, llevateloh a la plaza y cómeteloh, que naide se va a enterá de si son comprao o son regalao- .

Benito se cambió de mano la talega y agarró con la derecha el cucurucho de garbanzos ofrecido por el abacero. Ni siquiera le miró, si lo hubiera hecho, habría visto una sonrisa de oreja a oreja en la boca del señor Mariano.

Cada día, le recordaba más a él, aquel chiquillo.

Mariano rondaría ya los cincuenta o incluso estaría por encima, era solterón y no por falta de ganas de casarse. Había estado “hablando” con Rosalía dos años y medio, pero la cosa no cuajó. Ella, se marchó a la capital a servir en casa de unos señores de alta alcurnia, y ya no la volvió a ver hasta después de tres años. Eso, ocurrió cuando su madre murió, que vino al pueblo a enterrarla. Entonces se enteró de que era madre de una niña y que ya no trabajaba en tan noble casa; que malvivía con el padre de su hija; que soportaba casi a diario las zurras que él le daba y que a duras penas conseguía algo de comida para poder alimentarse su hija y ella.

La vio salir de la iglesia al término de la misa de funeral, y aunque el momento no era el más propicio para contemplar el aspecto de alguien, enseguida se dio cuenta de su estampa demacrada, síntoma de mal vivir. Ni siquiera le dio el pésame por la pérdida de su madre, nunca supo el porqué no lo hizo, muchas veces a lo largo de estos años le ha dado vueltas rumiando el asunto. Tal vez si se hubiera acercado a ella en aquél momento y el orgullo no le hubiera puesto la mente farragosa, hoy estaría a su lado compartiendo lo bueno y lo malo de la vida.



Benito llegó a la plaza con medio cucurucho de garbanzos, la otra mitad ya había dado cuenta de ella en el corto trayecto que había desde la abacería hasta allí, se había colgado la talega del hombro izquierdo y la parte inferior de ella casi llegaba al suelo. A cada paso que daba, la telera de pan le golpeaba el tobillo y daba la sensación que cojeaba. En la plaza, delante de la barbería de Mario, tres niños y una niña, jugaban con unos repiones (peonzas) que lanzaban sobre el barro seco del suelo.

Benito se sentó en el umbral de la Iglesia y desde allí veía como los niños que había en la plaza jugaban, no quería acercarse a ellos al menos hasta que hubiera acabado los garbazos tostados que le había regalado el Sr. Mariano. Pensó en llevarles unos pocos a sus hermanos pero inmediatamente cayó en la cuenta de que si lo hacía, su madre tal vez le pidiera explicaciones de la forma en que los había conseguido, así que no quiso pelear más con su conciencia y se los acabó.


María andaba atareada en la cocina esparragando unas collejas para la comida del mediodía, luego a la hora de comer le echaría un par de huevos batidos. Huevos, que había sacado del corralón dónde tenía un gallo y ocho gallinas ponedoras, lo de “ponedoras” era el adjetivo que se le colocaba detrás del nombre, porque en realidad, poner, lo que se dice poner, ponían poco, ya fuese porque: o bien no lo eran (ponedoras), o bien porque no estaban lo suficientemente alimentadas para tal menester. Las dos cosas podrían ser pero ella se inclinaba más por lo último, porque en aquéllos tiempos, hasta las gallinas escuchaban de continuo, el runrún de tripas.

C. Abril C.

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