viernes, 2 de mayo de 2014

EL EMBEBÍO


El sueño lo tuvo toda la noche en tenguerengue. No tenia ni para echar la merienda. El día anterior solo se pudo llevar a la boca un puñado de bellotas avellanadas, un membrillo verriondo y unas –embozas- de agua cana, del regajo que corría al lado de donde tenía el tajo.
Cuando el Sol se asomó por encima del cerro de las piedras, estaba ya cansado de darle -cuchifarrás- a la tierra con los escoplos del arado.
Delante de el, una yunta de burros –arrengaos- y llenos de lobanillos, sorteaban los-almajanos- y hacían equilibrio sobre los terraplenes en aquella umbría, que meses atrás había desmontado de retamas, cantuesos y carrasqueras a golpes de calabozo.
Unas -chirivitas- patrullaban la tierra volteada por la vertedera buscando hormigas alúas y lombrices, una abubilla esculcaba en lo alto de una –cagajonera- y por encima de las encinas centenarias, volaban una bandada de ruidosos mojinos que se dirigían a las majadas próximas, en busca de la comida que pudiesen encontrar entre los excrementos de los guarros.
Él creía, que tenía el estomago –engüachinao-, porque el caldibache de tagarninas era el único condumio caliente que con más perseverancia engullía.
Tenía diecisiete años y parecía que estuviese de vuelta de casi todo en la vida. Se había criado en el centro de la abundancia y sin embargo se había alimentado con sus miajas y sus zurrapas.

De lo más profundo de su esencia, regurgitaba aquella imagen del –acerao- de puerto –Caraco-, lleno de haraganes y pindongos que cuando le vieron pasar con los pantalones de pana y pretinuela y los leguis embarrados se guasearon con socarronería de su extrema delgadez, de su estampa -chiquinina- y su inopia.

-¡Mirad, por ahí viene el`embebío!
-¡Chacho!, mata ar burro y comételo, que estáh trahpillao.
-¡Como no dejeh lah collejah, tú no te vah a la mili!.

Y él, refunfuñaba.

-¡Cucha er pampringao ehte!
-que ehtá mah ehcacharingao que loh cacharritoh der Coso.
-¡Fijatetú!.¿Que s`abrá pensao?.
-Él, que no ha comio máh que guijoneh y veldolagah.
-¡Poh anda que el otro!, que entavía no sabe pa qué silve la cuchara.
-¿Y er caganio ese?, que paece que tié la palomilla, con máh lagañah en loh ojoh que telarañah un bujío.

Calle abajo, llevaba en el pecho un comezón a consecuencia del caldeo que acababa de coger en el -puerto Caraco- y el corazón parecía que estaba a punto de darle un –ehtrumpio-. Pero en ese momento, en la revuelta de la calle, en frente de la tasca del–Cubino-, apareció justo delante de el, la silueta de esa chiquilla, que tenía los ojos más negros que el alpechín, el pelo arriscado y una sonrisa en la boca capaz de desarmar a las miradas más aguerridas.
Llevaba puesta una falda plisada de cuadros escoceses y una rebeca de hilo color malva le cubría la prominencia de sus pechos.
Genaro se quedó más tieso que una –cañajierro-.

El burro le dio con el hocico en la espalda, llenándole de espumarajos la cazadora de pana y haciéndole dar un paso hacia delante.
Ella tenía en la mano derecha, una vasija de hojalata, de forma de tronco de pirámide regular, con un tapón de rosca y un pequeño asa en la parte superior. Se disponía a llenarla de petróleo en casa de Pepe el de José María, para alimentar el infiernillo que tenían en su casa.

Purita, moviendo el –cuadrí-, se tuvo que dar un respingo a la esquina por no tropezar con Genaro, que estaba allí delante de ella, mirándola, con los ojos más abiertos que una coruja.
La lata se le escurrió a Purita de la mano y calló en el empedrado de la calle.
Con el ruido que hizo el cachivache por el suelo, el burro dio un espantón, se escapó y salió huyendo calle arriba con el cabestro arrastro, parándose en frente del escaparate de –Piche-.
Purita dio un soplido, apartándose los –minines- de la frente.


-¡Chacho!, ¿ehtá atontolinao o qué?.
-Si no llego a arrejacerme pa la`hquina, ahora mehmo estoy repiando por el suelo.
-¿y porque solo llevo ehta lata?.
-Si juera llevao máh cachumboh encima, jubiéramo jormao aquí una charracina que paqué.
-Poh anda que, ¿si llega a ehtá llena de pretóleo?.
-Eh mejó que me jubiese traio la chambra, y no ehtoh trapinoh de disanto.
-Porque me juera puesto pintando.


Genaro sintió que su cara estaba siendo ocupada por las llamaradas de un inmenso candelorio.
La sensación era igual que cuando meses atrás estando con los segadores en las Capellanías, le engatusaron para que se comiese con el gazpacho, una guindilla colorada del huerto de la Valeria.
En el gañote tenía, como un pellizco cogido, que no le dejaba tragar la saliva.
Las palabras las tenía entrilladas, y las ideas en el cerebro no encontraban el portillo por donde saltar.
Recogió la lata del suelo y se la ofreció a Purita.
Ella, al darse cuenta de la situación de Genaro, que estaba más temblón que un gato recién salido de una alberca y con los pindongos y mostrencos hartándose de reír en el -puerto Caraco-, le echó un capote, demostrando así que en verdad era, más aparente que un jarrillo de lata.

-Ha sio curpa mía, que iba dándole güertah ar doblao.
-¿No t`ah enterao?
-Lo de mi padre con loh talaoreh.
-¡Chacho! si eh que no s`acaban las charraná.
-Cuando te jacen una, lah demáh ya te lah tienen prepará en carrefila.
-Y ¡hala!, tó dándote sartenazoh y, echándole un poco máh de jiel a tu vía.
-Pa que tenga que jocicá y tragáltela toah.
-Aunque te añugueh.

Iba calle abajo, ensimismado, camino de la fuente, para que el burro bebiera en el pilar. Genaro, que era persona de pensamientos profundos y conversación sucinta, iba con la mente fija en la única cosa agradable que le había ocurrido aquel día, la retahíla de Purita, que le contó en un santiamén la cacicada que hicieron con su padre y que a consecuencia de ella, dejaría de echar unos cuantos jornales de tala y por consiguiente también de meter en el corral, unas cargas de leña que en aquella época del año eran de vital importancia para una casa.

- Purita le había dicho...

-¡No si, hogaño! vamoh a está máh tiempo en la recacha que drento de casa.
-Porque la chimenea en vé de criá jollín va a criá carámbano.
-Y er tentemozo y la ehtenaza van a está más frío que loh pinrele dún muerto.
-Ya me veo to el`invierno con el pretóleo p`arriba y p`abajo.
-¡Con el jedó que mete!, Que paece que está una, asomá al bacie.

Genaro llego a su casa cuando el Sol hacía un rato que se había puesto y el planeta Marte, (que en el pueblo le llamaban lucero) empezaba a colorear, mostrándose en lo alto del campanario de la iglesia.
En el zaguán, le quito al burro la jáquima y el aparejo, lo metió en la cuadra y a tientas, entró en el pajar y llenó el pesebre de paja.

-¡Chacho!
-Aquí quedarán dié o doce barcina.
-¡Que manera de tragá er cimpampano ehte!
-Le via tené que jace un`añedio a la cincha de la`parejo, porque se`htá poniendo rollizo.
-¡O apretal`le máh en er tajo!
-¡Claro que entoce! me tengo que apretá yo tamien.
-Y yo entavía la paja, no laprobao, que eh lo único que me jace farta.
-¡Menohmá! que la collera de la yunta me la presta er tio Nicasio, porque pa los do, no hay aquí condumio ni pa empezá.
-Hogaño via tené que abrí por er tejao y llená er pajá ahta la colcha.

A la luz de un candil, en el hueco de la escalera del –doblao-, se lavó la cara y las manos en una palangana de cinc, con una pastilla de jabón que parecía un adobe, estaba echa a base de recortes de tocino, grasas animales y sosa cáustica.
Una mujer del pueblo llamada Corina, ya entrada en años, viuda y menesterosa, era una excelente artesana en el oficio y las mujeres del pueblo la llamaban para que le hiciera el jabón de todo el año. Cobraba ochenta reales y la comida. A las ocho de la mañana ya estaba dándole vueltas al caldero, lo hacía hasta que todos los ingredientes se convertían en una pasta semilíquida dos o tres horas después de empezar. Luego en unos moldes hechos de tablas, vertía la pasta y la dejaba enfriar.
Cada pieza pesaba trescientos gramos aproximadamente y los chiquillos cuando estaban enteras, las tenían que coger con las dos manos para hacer uso de ellas.

Genaro, se sentó en un banquillo de corcha a la candela que había en la chimenea de la cocinilla, porque las tres sillas que había en casa, tenían ya el asiento –dehforonao- y -tresantié- las había llevado su madre a casa del -Táni-, para que le echase culo nuevo de nea y todavía no las había recompuesto.
Su madre mientras arrebujaba con el –machacaó- en el -dornillo-, la sal, los ajos, el pimiento y el –miajón- de pan le dijo:

-¡Genaro!, -¡coge er guisqui! y descuerga un corgaero de tomate der maero, que viaí preparando er gazpacho.

En unas varas de tilo, con las puntas de los pinchos cortadas, colgadas de los maderos y alfajías del techo, tenían insertados racimos de tomates de los llamados de invierno, una variante de los comunes, de tamaño pequeño, que se cortaban verdes y con el paso del tiempo adquirían una tonalidad rosa, criando una especie de telarañas semejantes a los capullos de seda.
Con ese aspecto, algunos duraban hasta después de Semana Santa sin pudrirse.

-¡Madre! ¿otra vez gazpacho?
-Hijo, los probes, la mijina de pan que nos comemo, no la comemo arremojao como los pollo.
-Si no eh, en er gazpacho, eh en er sopeao.
-Y gracias, que aunque sea un cozcurro, argo hay.
-Porque otro, ni pa jacé una pringá tienen.

Se acercó a la lacena que había en la parte derecha de la cocinilla, sacó un plato de cinc y se lo pasó a Genaro por delante de los ojos.

-¡Mira hijo! pa que aluego diga que solo come gazpacho.
-Sardina en aceite, lah`que a ti te gustan.

Nicolasa, había comprado en casa del –Vivo-, tres pesetas de sardinas en aceite. Sardinas que venían en unas latas redondas de gran tamaño. Los clientes tenían que llevar algún cacharro, normalmente un plato hondo para que el tendero se las despachara en él. Las sardinas costaban dos reales cada una y cuando comprabas más de cuatro te obsequiaba con una cucharada de aceite.
Algunas mujeres solían decir que el aceite estaba mejor que las sardinas. Pero claro, la verdad era, que las sardinas se las comían los zagales y los maridos, ellas sopeaban el aceite con algún zancajo de pan del día anterior.
Las sardinas duraban en el plato, menos que un cerillo encendido.
De vez en cuando Nicolasa compraba un kilo de barbos a su vecina Florencia. Su marido cuando no tenía jornales que echar, se dedicaba a la pesca furtiva en el río Viar, lo hacía con el trasmallo, con el –cañá- o ... echándole –barbahco- machacado en medio del –pozancón- y al rato aparecían los peces flotando panza arriba.

-¡Genaro!
-Esta tarde me`ncontrao en la plaza a Tomasín.
-¡Chacho! que lustroso que está el joio.
-¡Con lo percudio questaba aquí!.
-Entonce, tenía la mesma jeta que un guarro lambucero, empicao a las gallinaza.
-Y mialó ahora, paece un menistro con loh carrilloh repompolluoh.

Nicolasa se refería a Tomás el del –zarpullio-, que había venido de Alemania con permiso a pasar la Navidad.
No había quien lo conociera y eso que solo llevaba allí un año. Más blanco estaba que una pared, con una chaqueta de cuero del color del vino tinto, un pantalón de franela con los perniles acampanados, zapatos de piel acharolados de color negro y con -perras- en la faldriquera, que eso si que era lo que más ayudaba a que no se le conociera, porque él, siempre había estado comiéndose los mocos en el –lumbrá- de su casa, como se suele decir, a la cuarta pregunta.
No tenía entonces, ni para echarse unas –convidáh- en casa de -Perico-, que era donde se ponía el vino más barato, y que según las malas lenguas lo tenía –engüachinao-, cosa que no era de extrañar ya que, no solo en ese pueblo sino en cualquier otro, no había ningún bodeguero que antes de servirlo no lo pasara por la "pila bautismal", o sea, que esa no era la razón de su baratura.


Genaro, le echó debajo de la mesa una corteza de pan a un gato atigrado que tenían. Al mendrugo no le dio tiempo a caer en el suelo, porque llorón, que así es como le llamaban, abrió la boca y lo hizo desaparecer en un santiamén. El llorón tenía más arestín que el perro del –bobillo-, los rodales sin pelo los tenía desperdigado por todo el cuerpo y algunas mañanas se presentaba en la cocinilla dándose trompazos con todos los trastos, porque tenía los ojos –soldaos- de lagañas.

-¡Hijo!
-Yo no quiero sé sopisanguina con er mehmo tema de siempre.
-Pero, ende que murió tu padre, las cosah ya no son iguá.
-A tu hermano Rafaé, lo metí en la Sevillana de pahtó.
-A tu hermana Carnación, en cuanto cumplió loh catorce la mandé a serví a la capitá, a casa de ese méico, que icen que eh una eminencia.-
-¡Y yo!, ¡ya vehtú! pisoteando er camino de la Junta con la roilla en la cabeza, cargando con la panera, pa está tor día rehfregando trapo, por cuatro perra.
-¡Hijo!,
-Cuando llega la noche y m`acuesto en er jergón no veo máh que lavazah y pingoh en azulillo.

-¡Genaro!..
-ya sé que tu, jace máh que lo que puee.
-Que loh cuatro cacho que tenemoh, loh tieneh rehplandecioh, que la senara la saca pa` lante y que no te quea engurruñao, a la hora de echá cuatro jornaleh, zachando, en la siega o en lah acitunah.

-Pero esto no es vida pa un zagá, que siempre ehtuvo con`esa penaera a cuehta, con`esa canunjía de sé como eh.
-¡Churrumio de cohtrución y argo embebío!.
-Pero, con un corazón, que si juera la cuba der pozo no cabría por el brocá...


C. Abril C.

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viernes, 24 de mayo de 2013

SOLO ME QUEDA SU RECUERDO




En la fuente, el invierno tapizaba los ladrillos de los pilones con tonos parduscos y verdinosos, en dónde las bestias y el ganado saciaban su sed antes de partir al campo a realizar sus tareas de labranzas y pastoreo, o bien antes de recogerse en las cuadras y tinadas para no pasar al sereno las gélidas noches invernales.
Con el buen tiempo los alrededores de la fuente cambiaban como de la noche al día. Las hembras de rostros adustos parloteaban haciendo aspavientos con las manos libres. Las otras, abrazaban el talle de los cántaros sudosos que descansaban sobre sus cuadriles.

Una caterva de muchachos invadía la ribera derecha del barranco desde el primer puente hasta el vacie. Andaban cazando ranas, que escondidas entre los mastrantos no dejaban de croar hasta que sentían cercana la presencia de los niños. También intentaban coger libélulas cuando estas descansaban sobre los bayuncos, pero esto era harto difícil, ya que se posaban en las brancas más cercanas al agua y algún que otro niño, remojó su raído vestuario alguna vez a consecuencia de su osadía.

Otros, oteaban por encima de la pared del huerto de la fuente, por ver si el Sr. José andaba por ahí afanado en algún menester, y si no lo veían, los más intrépidos saltaban la pared y deshojaban las ramas bajeras del viejo moral que crecía en el rincón del huerto, luego vendían las hojas a los más medrosos (a dos reales, veinte hojas). Estas hojas servían para alimentar a los gusanos de seda que en aquélla época casi todos los niños criaban en unas cajas de cartón (de los zapatos “Gorila”)


Calahorro, el guardia municipal con su traje gris, su gorra de plato y su porra, se asomaba de cuando en cuando por la fuente y todos los niños que andaban metidos en los pilares chapoteando en el agua, al verlo aparecer saltaban de ellos sin necesidad de que se lo ordenase, dejando tras de si sobre el suelo polvoriento, un reguero de agua vomitada por las chanclas de gomas e imitando el sonido de las ranas que en frente seguían croando.


En el Coso, los niños jugaban a regatear con una pelota desinflada y las niñas al corro de la patata mientras llegaba la hora de entrar a la escuela. Los pantalones cortos de pana, los jerséis de lana gorda hechos en casa, las rebecas de hilo y las faldas de tablillas plisadas eran los atavíos más comunes en aquél Coso. Los niños con el cabello muy corto y la mayoría de las niñas con unas trenzas pulcramente confeccionadas y unos cintillos o diademas de lana, que se encargaban de que los flequillos dejasen las frentes despejadas.

Cuando llegaba la hora de entrar a clase, algún profesor, casi siempre Doña Satu o Don Luis, hacían sonar las palmas de sus manos y como si de hormigas se tratara, todos los niños y niñas acudían prestos y en hilera, cada cual a la puerta de su clase. Los mayores con la enciclopedia Álvarez bajo el brazo y los cuadernillos con las tapas azules o verdes y la tabla de multiplicar en la contraportada, algunos, los más “pudientes” incluso llevaban bolígrafos con las caperuzas de diferente color (bic), los menos pudientes, que eran los más, lápiz de mina y una maquinilla de sacar puntas con la cuchilla oxidada, y que en vez de hacer su cometido (sacar punta) lo arruinaba, puesto que si te empeñabas en hacerlo… te quedabas sin lápiz. Los más pequeños agarraban el Catón y una pizarra enmarcada en madera de chopo con un pizarrín atado a uno de sus laterales, también llevaban una taza de hojalata, porque en la hora del recreo, las maestras repartían la leche en polvo (americana) que antes habían diluido con abundante agua.


En la huerta de Catano, cuando el sol se disponía a buscar el horizonte por los cerros de la solana, los cangilones corroídos por el orín, vomitaban el agua del pozo sobre el regajo encauzado entre adobes tostados, que la enviaba directamente a los matos de las diferentes hortalizas. El agua bullía al caer de los cangilones al compás del paso cansino del borrico, que daba vueltas y vueltas amarrado al palo de la noria y con la mirada siempre hacia delante, encauzada por las anteojeras que tenía adosadas a la jáquima.

En el camino polvoriento, al lado de la pared de piedras, los segadores que volvían después de haber estado tantas horas en el tajo, tallando a la mies por su cintura, con los rostros prietos y las entrañas secas, enganchaban los cabestros de las bestias a la pared y saltaban a la huerta por el portillo, traían consigo aquéllos barriles barrigones y  de cuello angosto para llenarlos de agua y calmar con ello un poco la quemazón que traían en sus adentros. El borrico de la noria, en cuanto se percataba de ello, dejaba su caminar miserable sin que nadie se lo ordenara, incluso se ponía a mordisquear las yerbas nuevas que crecían al lado de la senda circular que él había hecho.


En el castillo (torreón) los grajos revoloteaban por encima de la higuera que había crecido en una de sus ventanas, las pequeñas nubes pasaban en estampida por encima de él, haciendo guiñar continuamente al sol, y con ello, hacer cambiar de tonalidad sus muros de piedra y argamasa.

En ese torreón, se libraron infinidad de batallas, innumerables historias fantasiosas que derramaban ilusiones por aquéllas mentes infantiles. Fue, el gran encantador, sin lugar a duda, para muchos de aquéllos niños tristes de los años sesenta.




Esto fue parte mi niñez. Ya sólo me queda su recuerdo…




C. Abril C.


sábado, 27 de octubre de 2012

CARTA DEL DE DÍA DE DIFUNTOS




 Queridos esposo e hijos, espero que a la llegada de esta os encontréis todos bien, yo quedo bien gracias a Dios.
Empezaré escribiéndoles que mis padres se han alegrado mucho de verme y me dicen que os mande un abrazo y muchos besos de parte de ellos. Mi tía Rosario, que hacía más de veinte años que no me veía, se llevó una gran sorpresa cuando se enteró de que estaba aquí. Está igual que como yo la recordaba. Aquí está con su cara ancha, redonda y sonrosada, y esa larga cabellera negra que la hace inconfundible. Hasta creo que la ropa que lleva puesta ahora es la misma que llevaba entonces, ella siempre fue muy conservadora en el vestir. Me manifestó, que me había echado mucho de menos durante este periodo de tiempo, que de todas las sobrinas era yo la que más le complacía y también que siempre me consideró la hija que ella nunca tuvo. Como sabéis mi tía Rosario se quedó soltera.

Nada más llegar aquí me encontré con Paquita, esa amiga mía de la infancia que tantas veces os he hablado de ella y que hacía un montón de tiempo que no nos veíamos. Está bastante cambiada, bueno la verdad es que las dos lo estamos porque de cómo nos imaginábamos a como somos en la actualidad hay una diferencia considerable, pero a pesar de ello, nada más vernos supimos quienes éramos. Hemos estado bastante tiempo hablando de nuestras vidas y me ha contado que se casó con un buen hombre de un pueblo de aquí cerca… que ha sido muy feliz.
Tuvo tres hijos, dos varones y una niña. Los niños están ya casados y viven en Canarias y la niña que es soltera todavía vive en Madrid. Ella estuvo viviendo en ese pueblo desde que se casó hasta poco después de morir su marido, que fue entonces cuando se vino aquí.

Hemos rememorado aquellos días de nuestra infancia en los que jugábamos en la resolana que había al lado de nuestras casas. Lo hacíamos con las muñecas de trapo confeccionadas por nuestras madres, también a las cocinitas con las cáscaras de nueces, que hacían las veces de platos, llenándolos de semillas de malvas a las que nosotras llamábamos quesitos.

He de deciros que en este lugar estamos muchos conocidos y bastantes que yo no conocía pero que, pronto se encargaron mis padres de decirme a que familia pertenecía cada uno de ellos, -ya sabéis- por los apodos, aquí todos estamos doblemente bautizados, el nombre de pila que te asignan al bautizarte y el mote que heredas de tus progenitores o el que a alguien, medio en broma o medio en serio te dice un buen día, y es por el que te recuerdan hasta el final de los tiempos.

Aquí, en estos días, están todos algo nerviosos, porque dicen que próximamente vendrán los del pueblo, esos que al igual que vosotros, están en el otro lado y que se presentarán con sus mejores galas portando ramos de flores y cirios nuevos. Hace varios días estuvieron ya algunos por aquí, adecentaron el porche de nuestras residencias y desempolvaron nuestros nombres y la fecha de nuestra llegada a este lugar.

Se nota el ambiente de ansiedad que hay entre nosotros por ver las diferentes diapositivas que transparentarán los visitadores:
Tal vez…
-una lágrima que se deslize en una mejilla acanalada por el paso de los años-
-un suspiro envuelto en celofán de mentirilla-
-unos ojos sonrojados por la pena o la añoranza-
o…
-una simple asistencia para evitar el qué dirán.-

En fin, que os voy a decir, los mismos actos de virtud o hipocresía y las mismas acciones puras o egoístas, siempre innatas en los seres humanos y que desde aquí se contemplan con una mayor nitidez.
Cada cual, a su manera, piensa en el tiempo que lo compartíamos todo, ese tiempo de la presencia en forma y lugar que es el más importante de la naturaleza y que habitualmente ignoramos. Lo ignoramos hasta que nos zambullimos en esa ineludible separación, que es cuando realmente comprendemos el valor de la materia.

Por esto, espero y deseo con toda mi alma, que atraséis lo máximo esa separación, que apuréis hasta la última gota de la existencia y que os extasiéis con ella, porque ella (la existencia) es, en ese lado y a pesar de todo, la única verdad.

Sin más, se despide de vosotros, con un profundo abrazo, la que os quiso y siempre os querrá; la que fue y siempre lo será, vuestra esposa y madre… 

Violeta CAMPO SANTO 


C. Abril C.

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miércoles, 18 de abril de 2012

EL BUHORENO



A la vera del camino, entre los bayuncos, crecían unas plantas de poleo que inundaban con su aroma la vaguada llamada -de la fuente del Matasanos-.

Una hilera de chopos blancos indicaba la dirección que tomaban las aguas fluviales en aquella zona y que irremediablemente iban a morir en el río Viar, afluente del Guadalquivir por su margen derecha.

Los cantuesos coloreaban de tonalidades violáceas las laderas de los cerros, y las retamas empezaban a insinuar su amarillez entre los chaparros, charnecas, cornicabras, lentiscos y mastuerzos, engalanados todos ellos con sus trajes primaverales.
Aquélla mañana del mes de abril, el Sol se hallaba en la vertical con la cima del cerro de las Ganchosas. Balbino Serrano, más conocido por el buhonero, iba arreando a una burra careta, de alzada considerable y cargada de cachivaches, quincallas, artículos de alimentación y lencería portuguesa.
Igual que lo venía haciendo desde hace más de cuarenta años, aquél día, Balbino se dirigía a ganarse el pan de los suyos a un lugar conocido como los Baldíos de Fuente del Arco, una dehesa de tierras comunales sin cultivar, utilizadas en común por los vecinos para pastos. Esa dehesa se encontraba ubicada en el término municipal del mentado anteriormente Fuente del Arco, y estaba densamente poblada de ganaderos. Cabreros, pastores y porqueros eran moradores de casillas circundadas todas ellas de majadas, zahúrdas, gallineros y corralones. Los inquilinos de aquellos Baldíos bajaban a los pueblos cercanos de muy tarde en tarde y siempre que el “Buhonero” se acercaba por allí, le compraban algunos artículos e incluso le hacían encargos para posteriores visitas. Le pagaban, unas veces con dinero y otras con productos naturales como huevos, conejos y gallos o bien manufacturados como el queso de cabra o los diferentes tipos de chacina y que Balbino se encargaba después de buscarle compradores en los pueblos de la comarca.

Al pasar por el camino polvoriento y sembrado de pequeñas piedras, con el tintineo que hacían los cacharros que portaba la burra, se espantaban los langostos primerizos ( langostas), saltando encima de las avenas locas y alcauciles que crecían al pie de la pared de piedra en la orilla izquierda del camino.


Tres pasos delante de la burra se cruzó una culebra de escalera serpenteando entre las piedras.

Pascuala, que así llamaba Balbino a su burra, se espantó y comenzó a correr fuera de la senda entre las chaparreras y retamas, restregando sobre ellas la tan preciada carga y a su vez instalando la congoja en el ánimo casi septuagenario de su dueño.

El Buhonero era un hombre de altura mediana y complexión delgada. De su rostro lo más destacable eran, la nariz aguileña y la negrura de sus ojos, semejantes a dos pozos de insondables expresiones. Siempre le he recordado vestido de negro y tocado con un sombrero de fieltro del mismo color, aunque con una tonalidad distinta, tal vez debida a los devastadores efectos del Sol y de la lluvia.


Pascuala, fue a pararse trescientos metros aproximadamente de donde comenzó a correr, en medio de un sembrado de avena que cubría toda la loma de la derecha del camino y se extendía hasta las inmediaciones de la línea de adelfas y tamujos que delimitaban el sendero fluvial del río Viar. Cuando Balbino llegó al lugar donde se encontraba Pascuala, esta, se comportó como si nada hubiera pasado, dándole bocados a las puntas de las avenas que empezaban a granar y sacudiéndose las moscas con el movimiento regular del rabo.


-Mia la joia gansa,
-¡Será mohtrenca! la suave ehta.
-¡Mohquita muerta! que ereh una mohquita muerta.
-Máh vieja ereh qu`un nuo y jaciendo mojigangah entavía.
-¡Ya te cortaré yo er pienso so moorra!

Una vez hubo comprobado que la mercancía no había sufrido ningún desperfecto, ya más asentado emocionalmente decidió que era la hora de reponer fuerzas. A la sombra de una encina que había en un pequeño promontorio próximo al río, se sentó, y de una alforja hecha con tela de loneta de las que se utilizan para confeccionar los costales de grano, sacó una fiambrera de aluminio y una telera de pan. De su faldriquera sacó una navaja con las cachas de madera, esa que él, siempre decía que era su compañera de fatigas por aquellos andurriales.
Con movimientos pausados, casi mecánicos, cortaba un trozo de tocino que tenía encima de un cacho de pan.


Tenía la mirada encima de los tamujos que tapizaban las riberas del río, pero en su mente se estaban proyectando otras imágenes diferentes en el tiempo y lugar.

¿Cuantas veces, se le habían encendido las mejillas, viendo las escarchas plateadas en los días más riguroso del invierno?
¿Cuántas veces, se le habían agrandado las pupilas, contemplando las floraciones de los almendros o el vuelo de los abejarucos en las tardes del estío?
¿Cuántas veces, se le había erizado el bello de su cuerpo?, sintiendo: el croar de la rana en el barranco, el arrullo de la tórtola en la encina, el jipido cototoví de la coguta (cogujada) en el garbanzal o el rebuzno del burranco (pollino) en la cerca, llamando a su madre.
Cerraba los ojos y de lo más profundo de su ser, le embriagaban los oídos: el trino de la golondrina cuando revoloteaba sobre los tejados del pueblo, el gorgoteo del agua en la fuente nueva, el tañar de las campanas del templo, el tolón de los cencerros que llevaban los rebaños o el graznido del cuervo, oteando el horizonte desde la tarama de una carrasquera.


Parpadeó tres veces, y vio el agua del río deslizándose mansamente por encima de las chinas y guijas. Entonces, súbitamente se dio cuenta de la relación que había entre aquél fluir de las aguas y su existencia.

Al igual que ellas, él, había empezado a moverse inquieto en el interior de su progenitora, después gateó por aquélla tierra parda del corralón en el que su madre le metía junto a sus hermanos para que le pudiesen dejar hacer las tareas del cortijo. Más tarde empezó a andar agarrado al lomo del mastín cuando su padre llegaba con el rebaño. Luego, una y otra vez corriendo campo a través, consiguió hacer una vereda polvorienta desde el cortijo hasta la casa de Luisa, su gran y único amor.
También se tuvo que arrastrar por aquéllas lejanas y extrañas tierras para salvar el pellejo, volver con los suyos y no ser carnaza de aquélla guerra maldita, fruto del odio que había sembrado en el interior de muchos españoles. Luego, fue caminando delante o detrás de las diferentes acémilas que llegó a poseer (la última era Pascuala) para proporcionarle el sustento a los suyos. Hasta hoy, que se encontraba deslizándose mansamente por encima de los cascajos dehforonaos (desmenuzados) que fueron saltando paulatinamente de la piedra de su vida.

Pocas veces Balbino se había mirado en un espejo. Las aguas de un regajo a la sombra de un chaparro, le habían enseñado los parbujos (palizas) que te llega a dar la vida y que se gravan en tu rostro, llegando incluso a no poder reconocerte. La última vez que no se reconoció asomado a un charco, hacía muy poco tiempo de ello y fue diferente a las anteriores, en esa ocasión, no vio ninguna sonrisa en aquél desconocido rostro, y eso, le turbo enormemente el ánimo.

C. Abril C.

lunes, 9 de abril de 2012

RUNRÚN DE TRIPAS

Imagen de la película Pà Negre

Sobre el umbral de la puerta de su casa, Benito y Sofía hacían equilibrios para no caer a la acera de la calle, aguantaban los envites que cada cual se daba por turnos. El juego consistía en eso, el ver quien aguantaba más tiempo sobre el umbral.

Benito tenía unos zapatos confeccionados en piel de becerro con las suelas de goma, las punteras ya estaban raídas por el uso y por ser esos los únicos que calzaban sus pies. El pantalón corto de pana le llegaba dos centímetros por debajo de las rodillas y la camisa de franela sacada por fuera del pantalón, no se sabía muy bien de qué color era, a consecuencia del montón de lavadas que ya tenía en su haber. El cabello, ralo, lo tenía muy corto, cosa que unido a su color (castaño deslucido) acentuaba más aún la carencia de abundancia. Era de tez blanquecina y casi a diario unas abundantes ojeras aparecían dibujadas debajo de sus ojos. Ojos que siempre estaban abiertos en demasía, como si quisieran recoger a cada instante las imágenes que le brindaba la vida y retenerlas para si en lo más profundo de su ser.

Sofía, en su conjunto, era morena. El cabello siempre lo llevaba recogido en dos trenzas pulcramente confeccionadas y descansando siempre sobre su espalda. Era dos años menor que él, pero tenía la misma estatura que Benito o quizás le superase en algún milímetro. Cuando estaban a la par, parecían estar cortados por el mismo patrón y aunque a ella se le adivinaba de mayor volumen, la verdad era, que, el tronco de ambos carecía de grosor. La piel se amoldaba a las estructuras óseas de sus cuerpos evidenciando la poca consistencia de su fibra muscular.

Llevaba puesta una camiseta de felpa color panza de burra con las mangas largas y sobre ella una chambra plomiza con las orillas bajeras deshilachadas. Una falda de borra bajaba una cuarta de sus rodillas y sus pies se embutían en unos botines que habían sido ya usados por los tres hermanos que en edad le precedían. Su madre, siempre que tenía ocasión le recordaba que no le diese mal trato, puesto que, cuando se le quedasen pequeños, habrían de servir para los otros dos hermanos menores que ella.



-Sofía, tú ereh la mayó de lah niñah y te tieneh que jacé cargo de la casa cuando yo no puea o cuando farte, porque con el trajín que llevo tor día, no me extraña ná que en cualquier momento se me pare el reló-.
-Mujé, tieneh que ehtá pendiente de toah ehtah cosah, que yo, cuando tenía la mehma edá que tú, ya llevaba toa la faena yo sola, porque la probe de mi madre estaba delicá de salú-.

-Asin que, loh juegoh loh tube que dejá de mu chiquinina y ni me acueldo ya a qué jugaba ¡fíjate tú!-


Sofía, como su madre bien le había dicho era una niña. Una niña de ocho años que, de tarde en tarde dejaba asomar en su boca una preciosa sonrisa y al mismo tiempo sus ojos se tintaba de un brillo especial, marcando ello su singularidad.

María, andaba ya por la mitad de la década de los cuarenta y últimamente, los años se le escapaban más de prisa de lo normal. -¿Me estaré jaciendo vieja?- (se preguntaba de continuo)- y es que desde el último parto, el de su hija Luisa que llegó hacía ya cuatro años, las estaciones se le escurrían como el agua en un cesto y en un abrir y cerrar de ojos había visto cómo sus seis hijos estaban ya como se suele decir fuera del cascarón, aunque aún todavía le quedaban muchas penas que pasar, a ella y a su Manuel. Su marido lo decía muchas veces, (ehto eh un continuo sin viví, cuando no te duele el arma, ya se encalga alguien de partírtela, pa que así tengah de qué quejarte )

Más razón tenía que un Santo o al menos eso es lo que María creía, porque cuando no era la vida misma, la que te daba el sartenazo, era alguien de esos que te están todo el tiempo diciendo que te quieren un montón (pero que no especifican que clase de querer es)

-¡Benito! deja ya de jacé el ganso y vente que me tie que jacé loh mandao-

Los recados que tenía que hacer Benito eran: ir a la panadería a comprar el pan y despues decirle al señor Mariano (el abacero) que le diese a cuenta, tres cuartos de kilo de colas de bacalao, medio de azúcar y cuarto y mitad de torrefacto y qué ya lo pagaría su madre a final de mes, cuando su padre cobrase los jornales de tala que estaba echando en la dehesa el Lobatillo, propiedad de don Federico Sánchez que era el dueño de casi todo en aquél lugar. De lo único que don Federico no era propietario en aquéllos andurriales, era, de los sueños de aquél puñado de personas que allí sobrevivían.

El panadero le dio una telera de kilo y recogió del mostrador la cartulina de color azulada que le dejo Benito, era un bono para adquirir pan. El panadero canjeaba el trigo de las senaras por estos bonos o vales, (cada fanega de trigo equivalía a veinte panes de kilo) y la ganancia del panadero estaba en que por cada fanega de trigo sacaba cuarenta panes, o sea el doble.
A Benito le gustaba ir a la abacería, le resultaba agradable los olores que allí se exhalaban: aceites, vinos, vinagres, legumbres, bacalaos, arengues y toda una serie de productos encurtidos y salazones. También había garbanzos tostados y los niños de aquél lugar, siempre que disponían de alguna “perra gorda” (cosa que no era muy frecuente) se acercaban por allí para dar buena cuenta de ellas, comprando los garbanzos y comiéndolos en la plaza que justo había al costado de la abacería.

La plaza, al igual que las demás calles estaban sin pavimentar, y cuando llovía, el barro aparecía por todas partes haciendo casi imposible caminar con normalidad, a pesar de ello era las delicias de los pequeños, pero también, el sufrimiento de los mayores (sobretodo de las madres) ya que se las veían y se las deseaban para mantener el suelo de la casa limpio y eso que en el zaguán se solía colocar una estera de esparto para que se restregase el calzado al entrar. Y no digamos nada de los atuendos, ya que, además de ser escasos, estos, no estaban ya para muchos trotes. Cuando se pasaban por el lavadero, había de hacerse con sumo cuidado, porque a la mínima restregada fuerte que se hiciera, se abrirían las hilachas como si fueran rendijas en el tejido y el zurcirlo sería arduo, ya que se había hecho tantas veces que era difícil poder repetir.

Mariano, se dio cuenta de que Benito no le quitaba ojo al saco de los garbanzos tostados. Cogió un trozo de papel de estraza y haciendo un cucurucho con él, le echó un puñado en su interior y se lo dio. Benito no quiso cogerlo, le decía que no con aquéllos ojos que parecían que se iban a escapar de sus cuencos. Pero Mariano insistió y le dijo –anda ya chiquillo, llevateloh a la plaza y cómeteloh, que naide se va a enterá de si son comprao o son regalao- .

Benito se cambió de mano la talega y agarró con la derecha el cucurucho de garbanzos ofrecido por el abacero. Ni siquiera le miró, si lo hubiera hecho, habría visto una sonrisa de oreja a oreja en la boca del señor Mariano.

Cada día, le recordaba más a él, aquel chiquillo.

Mariano rondaría ya los cincuenta o incluso estaría por encima, era solterón y no por falta de ganas de casarse. Había estado “hablando” con Rosalía dos años y medio, pero la cosa no cuajó. Ella, se marchó a la capital a servir en casa de unos señores de alta alcurnia, y ya no la volvió a ver hasta después de tres años. Eso, ocurrió cuando su madre murió, que vino al pueblo a enterrarla. Entonces se enteró de que era madre de una niña y que ya no trabajaba en tan noble casa; que malvivía con el padre de su hija; que soportaba casi a diario las zurras que él le daba y que a duras penas conseguía algo de comida para poder alimentarse su hija y ella.

La vio salir de la iglesia al término de la misa de funeral, y aunque el momento no era el más propicio para contemplar el aspecto de alguien, enseguida se dio cuenta de su estampa demacrada, síntoma de mal vivir. Ni siquiera le dio el pésame por la pérdida de su madre, nunca supo el porqué no lo hizo, muchas veces a lo largo de estos años le ha dado vueltas rumiando el asunto. Tal vez si se hubiera acercado a ella en aquél momento y el orgullo no le hubiera puesto la mente farragosa, hoy estaría a su lado compartiendo lo bueno y lo malo de la vida.



Benito llegó a la plaza con medio cucurucho de garbanzos, la otra mitad ya había dado cuenta de ella en el corto trayecto que había desde la abacería hasta allí, se había colgado la talega del hombro izquierdo y la parte inferior de ella casi llegaba al suelo. A cada paso que daba, la telera de pan le golpeaba el tobillo y daba la sensación que cojeaba. En la plaza, delante de la barbería de Mario, tres niños y una niña, jugaban con unos repiones (peonzas) que lanzaban sobre el barro seco del suelo.

Benito se sentó en el umbral de la Iglesia y desde allí veía como los niños que había en la plaza jugaban, no quería acercarse a ellos al menos hasta que hubiera acabado los garbazos tostados que le había regalado el Sr. Mariano. Pensó en llevarles unos pocos a sus hermanos pero inmediatamente cayó en la cuenta de que si lo hacía, su madre tal vez le pidiera explicaciones de la forma en que los había conseguido, así que no quiso pelear más con su conciencia y se los acabó.


María andaba atareada en la cocina esparragando unas collejas para la comida del mediodía, luego a la hora de comer le echaría un par de huevos batidos. Huevos, que había sacado del corralón dónde tenía un gallo y ocho gallinas ponedoras, lo de “ponedoras” era el adjetivo que se le colocaba detrás del nombre, porque en realidad, poner, lo que se dice poner, ponían poco, ya fuese porque: o bien no lo eran (ponedoras), o bien porque no estaban lo suficientemente alimentadas para tal menester. Las dos cosas podrían ser pero ella se inclinaba más por lo último, porque en aquéllos tiempos, hasta las gallinas escuchaban de continuo, el runrún de tripas.

C. Abril C.

miércoles, 4 de abril de 2012

CALLES DE LA VIDA

Barrio chino de Barcelona


Yo vi echar la vida con indeferencia manifiesta, con el rictus ebrio de desidia y los ojos empapados de perfidia a pesar de ser primípara.
Yo vi salir la vida, vestida con su atuendo primigenio y su mirada inocua. La oí gimotear nada más contactar con el submundo en el que sus progenitores pululaban.
La sentí latir entre mis manos con la fuerza arrolladora del candor y cercenando su nexo materno, la llevé con esmero primerizo al servicio de urgencias de un hospital.

Más tarde, la vi gatear por los adoquines mugrientos de su calle inmunda. Calle infecta de mancebías y puestos del trapicheo, jardín de infancia de su sórdido porvenir y taller escuela, quintaesencia de los más malévolos quehaceres. No llegaba a los tres años de subsistencia y tenía el semblante de la viuda en el velatorio de su difunto. Su mirada ya tenía los primeros síntomas del terrible abandono parental en el que se hallaba sumida y su pureza de ánimo, no daba ya resplandor a su humana periferia. Era, el vivo retrato del horror y el óbito. Todo lo que veía, engrosaba su “banco de datos” y todo lo que miraba, por desgracia para ella era miseria, ruindad y perversión. Con todo ello, las neuronas de su incipiente “disco duro”, escribían capítulos ilusivos del libro de su existencia.
Esta era la didáctica que orientaba la educación que emanó de los pezones que la alimentaron.

Durante muchos días de su niñez, la escudriñé restándole tiempo a mis quehaceres laborales, comprobando que el marasmo y el desaliento por vivir, se habían hospedado en su chamizo humanal. Habían arraigado ya con tal firmeza el vicio y la improbidad en su quebradiza estructura que no tenía ni la más remota oportunidad de regenerarla a su originario estado.
La he visto aspirar los efluvios del pegamento cola, en el interior de una bolsa de plexiglás, cuando tendría que estar aspirando los aromas de las aulas impúberes.
A la luz mortecina de una farola, la he sorprendido atracando a su vida, intimidándola a punta de jeringuilla hipodérmica con nocturnidad y alevosía, con la mirada tan perdida que parecía haber salido del más insondable de los abismos.
Ejerciendo mi oficio, la he observado como esgrimía su semblante camaleónico solapadamente, para combatir a la terrible embestida socio ambiental, con la que le estaban derribando sobre el suelo más cochambroso. Y lo más deplorable, la he visto transfregar su impudente esencia, adosada a las jambas de los lupanares.
He sentido el traqueteo de sus huesos en el continuo trasiego de los centros de desintoxicación y el tutelar de menores. Y he podido presenciar cómo el contorno tétrico de los calabozos policiales se convertía en su posada habitual, exenta de pagar con pecunia e inexcusable de pagar con libertad. Teniendo tales pedagogos en su vida, se sumergía irremediablemente en la nesciencia más inverecunda, en la insubstancialidad más ingenua y en el vacuo más absoluto.

Han conseguido engañarme diciéndome que: en el teatro de la vida no campaba la hipocresía; que los actores principales estaban desembarazados de soberbia y que los telones y bambalinas del escenario eran las boticas, donde los espectadores recogían los potingues de subsistencia prescritos por guionistas y directores.
He buceado en las entrañas de las administraciones públicas y me he encontrado a la trápala sentada en su trono, con su cetro resplandeciente tintado de falsedad.
He revuelto mi cielo y mi tierra y he perdido millones de instantes de mi vida, buscando la solidaridad de los solidarios, la caridad de los caritativos y la dádiva de los dadivosos y tengo que ser un fruslero buscador, por que no hallé más que cargos ahítos de corruptelas y estómagos agradecidos a las dotaciones dinerarias que el gobierno les da, a través de esas siglas que afirman ser tan benevolentes y bondadosas.
He llegado a la funesta conclusión de que toda esta jerigonza, usada tan asiduamente por los publícanos de mi sociedad, es una cruzada contra la prosapia de la humildad. Cruzada llevada a cabo por caballeros insignes, portadores de pendones de relumbrón y capas blancas con cruces de fantasía.
Entre todos ellos, han conseguido hacer desaparecer el rubor que afloraba a mi rostro tan asiduamente a consecuencia de la lacha (vergüenza). ¿Cuantas veces he añorado: la candidez de mi puericia, la contumacia de mi pubertad y la esperanza infinita de mi mocedad?, sintiendo continuamente en mi naturaleza, el hálito protector de las piedras centenarias de Puebla del Maestre.
He conseguido entender el significado de muchas palabras, sin tener que recurrir al diccionario de mi lengua, ni ser discípulo de oradores elocuentes o truchimanes de renombre. Las he comprendido a consecuencia de gastar muchos zapatos, patrullando por las calles inalienables de la vida.
Calles impasibles, impávidas e indiferentes. Calles que te llevan y te traen, que con esmero te elevan haciéndote eminente y con despotismo te apean otorgándote el ínfimo lugar. Calles que te muestran la granujería y a hurtadillas te juzgan y sentencian y calles que con generosidad te donan y con codicia te arrebatan la existencia.


C. Abril C.

lunes, 2 de abril de 2012

EL HOMBRE CEBOLLA

  
EL MENDIGO, DE JULES BASTIEN

 El hogar es mucho más que el techo que nos cobija. En él encontramos el afecto, la comprensión, la tolerancia... el perdón. De techos hay muchos, pero necesitamos el que acoja nuestra intimidad, nuestros amigos. Cuando nos vamos de casa, nos llevamos en la maleta la experiencia que hemos vivido. Pero si irse es consecuencia de una ruptura fuerte con los que se supone que amas y te aman, la maleta empieza a pesar. A algunos, incluso demasiado "No te asustes nunca, pase lo que pase". Esta frase me la dijo el hombre cebolla una tarde de mucho calor, mientras encadenaba palabras y atizaba el bastón como si fuese una extensión de su brazo. De hecho, mataba los dragones de siempre: el padre, la mujer, el hijo y el alcohol. Dragones inmensos, invencibles. Crueles. ¿Eran crueles realmente? No lo sabemos, pero la lucha contra estos recuerdos-dragones sí que lo es. Siempre están, no lo abandonan nunca. "No los puedo borrar".
   El hombre cebolla nació al pie de una montaña de Barcelona en una barraca barata, húmeda y enferma. Enferma de pobreza, de alcohol y de malos tratos. "En casa éramos nueve: padres, hermanos, tíos y primos". Las únicas princesas de su vida fueron su madre y su hermana. Su padre, no. "Cuando yo nací, él ya estaba enfermo. Era muy trabajador, pero un Pinochet en pequeño, un producto del franquismo. Bebía. Mi madre sufrió mucho".
  El gran dragón era operario en la Olivetti, y su hijo tenía que ser operario en la Olivetti. Entró con 14 años y salió con 15. Al hombre cebolla no le gustó y no aguantó. Quería ser médico en un tiempo en el que no se podían tener estas pretensiones.
   Fuma negro. Los dedos amarillos y los dientes color ceniza. Sucio pero con corbata. Y Dios en el pensamiento "nunca he creído que me haya abandonado, tal vez me ha mostrado el camino y yo he tomado uno equivocado". Si efectivamente los caminos de Dios son inescrutables, el hombre cebolla se ha perdido en la inescrutabilidad, en la imposibilidad de comprender. El amor y el alcohol son las paredes de su laberinto particular. "A los quince años conocí a Marta. Me enamoré como un tonto. Era una muñeca. A los 22 me tocó hacer la mili y, al volver, ella ya flirteaba con otro con quien se acabó casando. Yo tenía 24 años y me marché de casa".
   Cuando el hombre cebolla habla de amor, evoca a Marta, no a su mujer. "Me casé a los 27. Ella era pequeña, pero todo un temperamento. Cuando nos enfadábamos, era la primera que levantaba la fregona. El matrimonio fue muy complicado; yo siempre iba muy apurado de dinero y acabamos perdiéndonos el respeto. Y lo que yo te diga: cuando se llega a este punto... Además, vivíamos con mis padres y mis hermanos; ya te lo puedes imaginar..."
   Daniel y Magdalena, sus hermanos pequeños. El primero huyó hasta las tierras del Ebro para escapar de la falta de dulzura y ha escogido olvidar, pero ella no. No pudo escapar: "la niña se quedó soportando la tiniebla". La primera vez que "la niña" dijo que escogía vivir fue después de la muerte del padre y de la madre. A los cuarenta años se enamoró por primera vez e intentó no mirar hacia atrás. Pero ésta es otra historia.
   El hombre cebolla tuvo un hijo. Sebastián nació en medio de la desesperanza, el alcohol y la precariedad. La madre se lo llevó cuando tan sólo tenía dos años y medio y desde entonces, lo ha visto esporádicamente. Después de tantos años, todavía no hay perdón ni reconciliación.

   Sin mujer, sin hijo, sin trabajo. Tan sólo alcohol. "Llegué a la conclusión de que había venido al mundo a hacer sufrir y no podía soportar esta idea".

Jaque mate. Siete metros de pared hacían posible destronar los dragones de su cabeza, pero el salto no lo mató, tan sólo consiguió "una fractura bilateral y axial con hundimiento de ambos calcáneos que precisó trepanación craneal". Así recita su intento de suicidio el hombre cebolla.

   El alcohol es un dragón que se presentó en la vida del hombre cebolla en forma de mezcla matutina (cazalla y moscatel). "Empecé a los quince años con la mezcla y los carajillos. He bebido de todo menos whisky". Este dragón llevaba gasolina en las venas y no tuvo piedad. Lo incendió todo: la voluntad, los años y la esperanza.

"Me convertí en un borracho de sombra negra. Cuando bebes pierdes la educación, las maneras y la vergüenza. Te inhibes de los problemas, pero lo que consigues es hacerlos más grandes, porque los problemas no desaparecen, siguen allí y no se resuelven con alcohol".
   Su padre se afeitaba. El hombre cebolla se afeitaba. El padre bebía. Él también. Tan absurdo como eso. Era el tiempo del Soberano cosa de hombres, pero no todos los hombres son soberanos de su cuerpo y, mucho menos de sus circunstancias. El alcohol lo atrapó y estuvo encerrado en su cueva casi treinta años. "Treinta años mamando, ¿sabes lo que es eso?" Ni casa, ni familia, ni trabajo. Sólo alcohol. Y llamar a casa y sentir la voz de su madre, "la princesa, mi reina", muerta de miedo por si el gran dragón se despertaba. "Cuídate, hijo. Cuídate, ¿me oyes?" Y la reina colgaba llorando lágrimas sordas. Al hombre cebolla se le rompía el corazón.
   Fue a parar a la calle. Cartones, papeleras, litros de vino, trabajos esporádicos y poca compañía. Pasa el tiempo y lo que parecía insoportable se convierte en rutinario: el frío, no comer en un plato, que te asalten y te roben, no hablar con nadie, cobijarse de la lluvia, el hambre, no ducharse ni cambiarse de ropa, oler mal. Simplemente sobrevivir. El corazón bombea sangre, pero el impulso no te lleva a ningún sitio. Los días se convierten en meses y los meses en años. Aparecen los comedores públicos, las pensiones de mala muerte, las escaleras de las iglesias y los bocadillos para pobres. Durante muchos años éstas van a ser las coordenadas del hombre cebolla y en este mapamundi alguien dijo que era "un caso imposible", y en su caso, como en el de otros muchos, es verdad, porque resulta imposible volver a nacer y recuperar lo que se ha perdido. Son necesarias unas fuerzas perdidas hace demasiado tiempo. 
   A pesar de ser un caso perdido, llegó el momento de una promesa: "No volveré a beber nunca más". Se lo prometió a una pedagoga y nunca se echó atrás. "Lo de dejar la bebida fue para mí algo mental. Ni gotas, ni pastillas, ni jarabes. Simplemente me di cuenta de que el alcohol me hacía daño, pero el sacrificio fue brutal. Ya hace cinco años que no bebo ¿Qué quieres que te diga? Cuando veo un borracho no siento asco, sino pena. Pido a Dios que le dé un poco de luz para que lo vea todo más claro. Siempre estás a tiempo de dejarlo, un hombre bebido es una piltrafa."
   El alcohol es el único dragón con el que ha llegado a un armisticio, no a una victoria. El matiz es importante porque el armisticio es una "suspensión provisional y convencional de las hostilidades mediante un convenio entre los beligerantes, sin que comporte, no obstante, el final de la guerra."
   Actualmente el hombre cebolla espera su entrada en una residencia. Está muy delgado, papel de fumar. Tiene una barba abundante y descuidada. A menudo los zapatos le van grandes y se queja que los calcetines se le caen. Vive en una pensión que da miedo, de aquellas en las que nadie cambia las sábanas, ni abre las ventanas, ni pone un geranio. Y su vida "una mierda gordísima, no volvería a nacer". Sus padres murieron, sus hermanos escogieron vivir lejos y a él tan sólo le queda cantar canciones de Joan Manuel Serrat, "un tío muy sociable, buena gente. Fuimos juntos a la escuela y siempre nos metíamos con él porque iba a todas partes con la guitarra, y ¡fíjate ahora!", dice, mientras entona aquella saeta de Machado que pone los pelos de punta: "... al Cristo de los gitanos, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar".
   A este hombre hay que intuirlo debajo de la barba, las gafas, la gorra y las capas y capas de ropa que lleva encima. Es una cebolla seca, mascada, sin gusto y, todavía hoy, provoca el llanto.